Rodrigo Borja

Shimon Peres

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Mantuve buena amistad con el líder laborista israelí, Premio Nobel de la Paz y presidente de Israel. Lo conocí en los congresos de la Internacional Socialista. Era un hombre enormemente inteligente y honesto. Y a finales de los años 80 recibí de él y del Partido Laborista una invitación para dar una conferencia en Jerusalén. Viajé. Lo visité. Hablamos de los problemas del mundo. Tenía un extraordinario conocinimiento de ellos. Recuerdo la austeridad de su oficina: nada de arañas, ni cristales, ni espejos, ni candelabros, ni lujos.

Shimon me preguntó ese día qué quería conocer de Israel. Le contesté que, entre otras cosas, un cuartel militar. Inmediatamente dispuso que me condujeran a uno cerca de Jerusalén. Fui recibido por el general que lo comandaba.

Cuando me brindaron un refresco observé que la ropa y las botas del general eran exactamente iguales a las del soldado raso que me servía y que sólo se diferenciaban por los galones y las insignias jerárquicas. El general me confirmó que eso era así. Y me refirió que las fuerzas armadas israelíes no tenían uniforme de parada y nunca habían desfilado. ¡Pero pónganles a pelear!
Volví a ver a Peres años después en la más curiosa circunstancia. Hice escala en Madrid para volar al día siguiente hacia Portugal y participar en el congreso mundial de la Internacional Socialista. Y se me ocurró esa noche ir al “Café de Chinitas” —el famoso tablao flamenco madrileño— para escuchar y ver bailar música andaluza. El lugar era muy reputado porque años atrás allí zapateaba “la Chunga”, célebre bailaora.

Me senté en una mesita. Instantes después se me acercó un caballero y me dijo que Shimon Peres me invitaba a su mesa. Regresé a ver y Shimon me hacía señas de que me acercara. Fui a su mesa. Instantes después “la Chunga” apareció en el escenario, micrófono en mano y descalza como en sus mejores tiempos, para anunciar, en medio de la sorpresa general, que iba a bailar en homenaje a Peres.

Una frenética ovación explosionó en el lugar, ya que la más grande de las “bailaoras” de España, retirada por años de las tablas, volvía esa noche al ruedo.

Al día siguiente viajamos juntos a Portugal, donde era el congreso de la Internacional.
En la solemne ceremonia de inauguración, con asistencia de más de dos mil delegados del mundo entero, presencié un espectáculo impresionante. Shimon estaba sentado en la tribuna, como uno de los vicepresidentes, y abajo tomó la palabra un dirigente palestino que lanzó contra él los insultos y acusaciones más bárbaros y truculentos que se puedan imaginar. Yo, que estaba sentado en la primera fila, veía muy de cerca el anguloso rostro del líder israelí. No movió un músculo. Era una estatua de piedra.

Resistió la andanada de 20 minutos sin parpadear. Y luego respondió con fría pero demoledora lógica.