Rodrigo Borja

¡Qué horror!

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El éxito del populista Trump era previsible. Hace dos meses lo predije en esta columna. Y es que, en función de sus ataques contra los inmigrantes y los musulmanes, se ganó la silenciosa simpatía de muchos electores norteamericanos que mantienen hondas diferencias políticas, sociales, económicas y religiosas con aquéllos, diferencias que han generado una tensa relación entre los dueños de casa y sus visitantes legales o ilegales.
En tal contexto era predecible el resultado electoral.

Una de las ofertas eleccionarias del candidato troglodita fue expulsar de su territorio a los ilegales inmigrantes árabes, latinoamericanos, africanos y de otras nacionalidades -que suman más de 11 millones- y levantar una muralla de 3.145 kilómetros de largo para impedir el ingreso ilegal de mexicanos, a quienes acusó de ser portadores de droga y promotores de corrupción y delincuencia.

Fabricó así sus “enemigos”.

Y, claro, cada vez que la policía encontraba droga en manos latinoamericanas, o se publicaba un crimen de inmigrantes, o surgía un atentado islámico, el caudillo utraderechista ganaba votos.
En el marco de la repugnante campaña populista -que retrocedió más de un siglo el estilo político norteamericano- su discurso grotesco, maniqueo, sensacionalista e insultante tuvo éxito. Nunca se había dado en Estados Unidos una campaña electoral tan ruin, tan sucia y plagada de insultos, acusaciones e irrespeto entre candidatos.
Pocos días antes de las elecciones “The New York Times” tuvo la paciencia de recoger y enlistar los insultos y diatribas de Trump contra su contendora y contra todo el mundo. Y con ellos llenó dos de sus grandes páginas.

Es difícil explicar cómo un candidato de tan pobres ideas hubiera podido triunfar, sin dejar a un lado, por supuesto, la equivocación del Partido Demócrata de presentar una candidata tan vulnerable y llena de pasados errores, que aportó al buen éxito de Trump.

Ambos candidatos eran malos. Y las dirigencias de los partidos Demócrata y Republicano fueron responsables de haberlos escogido y dejado fuera a hombres y mujeres respetables. Más del 70% de los electores los repudiaban pero no tenían más opción que dar el voto por uno de ellos.

Desde la tribuna electoral Trump hizo alarde de los peores epítetos, acusaciones, sugerencias e intrigas contra su rival, a la que llegó a llamar “delincuente” y de quien afirmó que su lugar debía ser la cárcel. Eso no tiene precedentes. Insultos contra los inmigrantes latinoamericanos -especialmente los mexicanos-, contra las mujeres, los medios de comunicación y, en fin, contra quienes no simpatizaban con su candidatura.

Todo fue muy raro. Entre los primeros felicitantes al ultrareaccionario Trump estuvieron Evo Morales y Daniel Ortega.