Rodrigo Borja

El darwinismo

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Nuestras fascinantes Islas Galápagos, donde el tiempo parece haberse detenido, fueron el principal laboratorio natural en que el sabio inglés Charles Darwin investigó los fundamentos de su teoría de la evolución de las especies, que expuso en su obra “El Origen de las Especies” publicada en 1859, cuyos 1.250 ejemplares de la primera edición se vendieron el mismo día de su aparición.

En el aeropuerto de Madrid un día de febrero de 1994, mientras esperaba el vuelo a Santa Cruz de Tenerife -donde tenía que dar una conferencia-, mantuve una interesante conversación con el célebre naturalista francés Jacques Cousteau. Y recuerdo que el científico me confirmó que la visita de Charles Darwin a las Islas Galápagos a finales del siglo XIX -en que entró en contacto por primera vez con animales que no temían al hombre porque no tenían experiencias de la agresividad humana- le sirvió para reafirmar su teoría de la evolución de las especies, que sostiene que, en la lucha de todos los seres por la vida -incluido el hombre-, sobreviven los más aptos, en una suerte de “selección natural”, mientras que los demás desaparecen. Teoría que la desarrolló en su libro “The Descent of Man and Selection in Relation to Sex” (1871), que produjo enorme indignación entre algunos de sus contemporáneos porque trató de demostrar que el hombre y los monos descienden de un antepasado común.

Eso desató una tormenta filosófica, religiosa y política porque planteó la idea de un mundo en interminable evolución, cuestionó la tesis religiosa de la creación, hirió de muerte al antropocentrismo -es decir, la idea de que el propósito del universo era la aparición del hombre- y explicó los procesos cósmicos en función de energías puramente materiales.
Eran los tiempos en que los teólogos se oponían al uso del telescopio, bajo el argumento de que, si la divinidad hubiera querido que el hombre mirara los cielos de esa manera, le habría dado ojos telescópicos...

La arremetida de los líderes religiosos contra Darwin fue inmediata. Como escribe el cientista catalán Eduardo Punset, “quien haya creído durante toda su vida que Dios creó a los primeros humanos no puede aceptar la idea darwiniana de que venimos del mono”.

Pero la moderna ingeniería biogenética se ha encargado de probar las afirmaciones básicas de Darwin y de tornar menos clara la línea divisoria entre los humanos y los simios.

Y es que el darwinismo y la teoría heliocéntrica de la gravitación sideral -debida a los científicos Nicolás Copérnico, Thomas Digges y Galileo Galilei-, según la cual el Sol es el eje en torno del cual giran la Tierra y los otros planetas, hirieron profundamente el ego del hombre al contradecir la teoría geocéntrica de Tolomeo, que ponía a la Tierra como el centro de la gravitación universal.