Pablo Ortiz García

Trágica ‘percepción’

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No sé cuándo lo conocí, pero fue de esos amigos de toda la vida. Que apareció algún día y allí se quedó. Era de aquellos que cuando nos encontrábamos, sobre todo en el Centro de Quito, en el que mis abuelos maternos tenían su casa, hogar de todos sus nietos, hablábamos de muchas cosas, pero sobre todo de historia de Quito, de su gente, de personajes como la Torera o Evaristo Corral y Chancleta. De sus iglesias y tradiciones. De aquellos lugares en los que, por ejemplo, el Libertador Simón Bolívar había pasado o bailado (el verdadero héroe, no el creado por Hugo Chávez). Conversábamos, mejor dicho le escuchaba con mucha atención, los relatos de los detalles artísticos de esta franciscana ciudad llena de encanto y leyendas.

La última vez que nos encontramos, aproximadamente hace unas cinco semanas, fue en la iglesia de San Agustín, a pocos metros de la Sala Capitular. Me dio su versión de la importancia de ese lugar para el nacimiento de un país llamado Ecuador. Su historia y sus héroes. Lo escuché, como siempre con mucho interés. Antes de despedirnos con un fuerte abrazo, cálido como él era, me dijo para organizar un grupo de amigos de la vida, para salir una tarde, antes de que anochezca, para recorrer el Casco Colonial de Quito. Él nos guiaría entre calles, conventos, recovecos, para referirnos las anécdotas de esta ciudad. Obviamente, me dijo, con tus hermanos Jorge y Juan Carlos (uno de los pocos que nos trataba a Juan y a mí por nuestros dos nombres).

Hoy ya no está. Uno o varios desadaptados (de aquellos que son solo “percepciones” para este Gobierno), lo mataron. Quitaron la vida a un ser bueno y culto. Positivo para el turismo y la promoción de ese Quito, declarado hace 35 años como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Lo dejaron abandonado en la noche de un viernes cualquiera, para que el sábado muy temprano unos policías encontraran su cuerpo abandonado, lastimado y golpeado, en un sector del parque Metropolitano, donde mucha gente, entre los que me incluyo, hacemos ejercicio casi al amanecer. La naturaleza y él durante sus últimas horas terrenales. Él adentrándose en la Pacha Mama, mientras la Pacha Mama lo recogía en sus entrañas, adolorida por una muerte desgarradora.

Ahora, desde el más allá, nos estará esperando para contarnos la historia de ese lugar al que aspiramos llegar al finalizar nuestros días. Se preparará para recibirnos, junto con los otros seres de ese sitio que desconocemos pero en el que creemos.

Nos podrá relatar la verdadera historia de lo que vivimos en la tierra. Allí estará Julio Rivas para que cuando llegue a donde él esté, podamos reanudar aquella conversación que se quedó trunca en este mundo, en el que la violencia le puso un alto a sus proyectos, y a sus amigos nos golpeó su atroz e inesperada desaparición.

portiz@elcomercio.org