Pablo Cuvi

Crimen político

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En el reino del discurso populista, que tergiversa y vacía de sentido a las palabras, una buena guía para no perderse es buscar dónde está el movimiento indígena, acompañado de trabajadores y estudiantes, porque ahí es donde está la izquierda.

Que, por otro lado, el aparato de propaganda del poder denigre e intente dividir a los de poncho no es ninguna novedad: van más de 500 años que la sociedad blanco-mestiza humilla de mil maneras a los indígenas, desde el látigo de la hacienda hasta el flamante Facebook, donde se ridiculiza a las víctimas de la represión.

Mirando las banderas y los rostros de la marcha del 13 de agosto, recordé el multitudinario cortejo que acompañó a Milton Reyes, presidente de la FEUE asesinado en abril de 1970. Éramos unas 40 000 personas que avanzábamos por la misma avenida 10 de Agosto, cantando las letras revolucionarias adaptadas a la música de ‘La bocina’ y ‘La vasija de barro’ y gritando consignas contra Velasco Ibarra, el caudillo de entonces. Por si fuera poco, se desató un aguacero torrencial que añadió dramatismo al entierro realizado en el patio de la Facultad de Jurisprudencia.

¿Qué estaba pasando? Pues que el movimiento estudiantil se hallaba en ebullición y el Gobierno lo reprimía con brutalidad:
ya habían matado a René Pinto, estudiante de Sociología como Milton Reyes; luego harían volar con una bomba al periódico Orientación, ubicado cerca del Rectorado. De modo que las manifestaciones estudiantiles eran muy frecuentes.

Esa tarde del jueves 9 de abril, para eludir a los policías apostados en la plaza Indoamérica, los compañeros de Sociología marchamos detrás de Reyes por la subida de San Juan para desembocar en el centro de la ciudad, donde las bombas nos dispersaron. Como siempre, el objetivo era el Palacio de Gobierno, pero la Policía bloqueaba todos los accesos y los de a caballo perseguían a sablazos a los manifestantes.

Ya había oscurecido cuando algunos estudiantes nos encontramos súbitamente ­cercados en la Venezuela, a dos o tres cuadras de la Plaza Grande. Por solidaridad, ­alguien alzó desde adentro la puerta metálica de una farmacia y unos 5 o 6 pudimos refugiarnos allí, donde nos dieron agua. Medio asfixiado todavía, entre el ardor y las lágrima vi, por casualidad, que uno de los estudiantes era Milton Reyes. Cuando los policías se marcharon y el gas se disipó un poco volví caminando a casa.

Luego se supo que los pesquisas le habían secuestrado a la altura de la plaza de Santo Domingo, que lo torturaron hasta la muerte y para encubrir el crimen arrojaron el ­cadáver en la quebrada de La Chilena, aduciendo que se había caído cuando pasaba por San Juan. Mentiras usuales del poder.

Dos meses después, Velasco se declaraba dictador e intervenía militarmente a la Universidad. Golpeado y dividido, el movimiento estudiantil no recuperó nunca ese papel decisivo, que fue asumido por los indígenas desde fines de los años 80.

pcuvi@elcomercio.org