Pablo Cuvi

Quiero ser Año Viejo

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El ritual es tan persistente como la quema del Año Viejo. E igualmente inofensivo. En los primeros días de cada año se multiplican artículos y editoriales que presentan un balance del año anterior y ‘renuevan sus votos’ por el diálogo y el consenso y, sobre todo, por que retornen la paz y la bondad al alma atormentada de los gobernantes del ancho mundo, pobrecitos ellos con nuestra cruz a cuestas.

Como dicen los abogados, en el supuesto no consentido de que estos señores tan poderosos y superiores a los ciudadanos de a pie se tomaran la molestia de leer un editorial, lo más probable es que esas palabras resbalarían al piso y los buenos propósitos se lavarían con la lluvia del día siguiente, como las cenizas de los monigotes quemados en las veredas.

También, porque esas pequeñas fogatas, que en sus orígenes religiosos fueron de purificación y castigo, se han convertido extrañamente en homenajes. Tú eres nadie hasta que alguien decida someter tu careta al esplendor de las llamas, mientras más veces, mejor. Por eso es que sueñan los políticos con crepitar en la hoguera año tras año y alcanzar un día la marca del Año Viejo del Chavo del Ocho, que goza de reelección indefinida.

En la Federación Ecuatoriana de Fútbol el panorama no es muy distinto. Al momento que escribo esto todavía no, pero cuando usted lo lea seguro que sí (salvo otro milagro del papa Francisco para que Bauza venga a dirigir a la Selección nacional) habrá logrado la reelección un personaje cuestionado por los cuatro costados, quien declara con sonrisa burlona que cierta prensa “ladra”. ¡Ah, los malos ejemplos!

Decía Maturana que se juega como se vive. En otras palabras, que el fútbol es un reflejo de la sociedad y los vicios de la política se extienden al deporte, que también es política. Obvio: una actividad que moviliza tanta gente, tantos recursos económicos y tantas ilusiones no puede ser inmune al juego del poder.

Todo lo contrario. En Argentina, por ejemplo, un tipo como Julio Grondona subió a la AFA con la bendición de la dictadura militar, coqueteó con todos los gobiernos y abandonó la presidencia 35 años después con los pies por delante.

Acá, tal como sucede en el mundo empresarial, hay clubes bien administrados que pagan a sus jugadores y cancelan los impuestos; otros, más grandes, que pagan mucho menos, y unos terceros que viven en quiebra, goleándole a Dios y al diablo.

Así van las cosas. Mientras avanzamos en círculos, el fútbol europeo ha dado un salto tecnológico que, al decir de Fernando Carrión, será muy difícil de equiparar. Los atletas llevan chalecos o chips que reportan sus funciones biológicas y todo está computarizado para elevar el rendimiento a su máxima potencia.

Es la escuela alemana, a la que Guardiola fue a poner un toque de sabor, mientras aquí con los teutones ya no vamos ni a misa (no se diga al destrozado Yasuní) y seguimos insistiendo en los mismos Años Viejos.