Óscar Vela Descalzo

Izquierda S.XXI

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Me ha dado gusto ver como disfrutan los miembros de la izquierda S.XXI del dinero, sobre todo cuando es ajeno. Pletóricos, orondos, exhiben su capital (no la obra de Marx, pues nadie en ese club la ha leído), sino el patrimonio que tanto les ha costado amasar, tanto sufrimiento para ahorrar centavo a centavo durante siglos o milenios en algunos casos; tantas penurias, estrecheces, barrotes y sangre, laborando de sol a sol desde tiempos inmemoriales.

Pero nada importa cuando uno los ve así de contentos, así de sonrientes al bajarse de sus aviones privados en los que han viajado horas, días enteros, pero eso sí, bien apoltronados, abrigados, atendidos y alimentados por su Michelin propio. Y cuando llegan da gusto ver como saludan al pueblo con la mano derecha, circundada por un reloj de oro y brillantes que pesa tanto que a menudo la mano se les cae, como si vinieran firmando cheques desde Bélgica o desde lugares más remotos todavía.

Da gusto verlos cumpliendo sus sueños, adquiriendo a pulso, porque pueden porque pudieron, porque podéis, tener una casita modesta de mil metros cuadrados, con un terrenito minúsculo en el que ni siquiera caben las bases del partido de tan pequeño que resulta el fundo. Pero contemplarlos allí, en su piscina, apretada la coleta para que no se llene de pelos el agua, retozando como soñaron hacerlo cuando eran críos, da un gusto que ni les cuento.

Da gusto verlos gastando suela, apisonando las calles polvorientas de sus pueblos, como un whisky, su ídolo azul, porque del dorado para abajo ni para destapar las cañerías de sus nuevos hoteles, restaurantes, casas de campo o playa, de sus yates o de sus altísimos pent house. Y esos autos hechos a mano, soportando su peso, estoicos, confortables, acariciando las plantas de sus pies agotados de haber recorrido tantas veces el mundo para ver lo injusta que es la repartición de la riqueza.

Da gusto ver lo prósperos que se han vuelto ellos y sus familias hasta el noveno grado de consanguinidad y décimo segundo de afinidad, y sus amigos íntimos, y los descendientes de todos para siempre, y los miembros del S.XXI, el club más esnob de la izquierda pop del mundo. Da gusto verlos comprar arte, entender de arte y saber de vinos y catas. Da gusto ver como se orientan en Zúrich, Nueva York, Dubái, Miami, Mónaco, Hong Kong o en la distante Bielorrusia, que solo ellos conocen.

Da gusto verlos desafiantes, amenazantes, atrincherados en sus barricadas de última tecnología, arengando a sus huestes para que los sigan, capital en mano (ahí sí se refieren al libro), para darles en la cabeza a los ricos, para obligarlos a comer sus heces, mientras ellos, con un donaire de gloria, buscan el auto de sus sueños o el de los sueños de Perón, que también concretó sus sueños. Y mientras quitan y ponen ananayes en su próxima compra on line, memorizan los estribillos del comandante, de la espada y el del pueblo al que tanto aman, al que tanto agradecen.