Enfoque internacional

El otro fuego amigo

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Los frecuentes escándalos en el interior de las Fuerzas Armadas de Colombia se están convirtiendo en un fuego amigo más letal que las bajas que, por error, se infringen los ejércitos. El último, según la Fiscalía, pasa de ser una estafa de aficionados a convertirse en un modelo de organización mafiosa creada para robar al Estado. Es decir, a los colombianos.

La teoría de las manzanas podridas cada vez sirve menos para defender el espíritu de cuerpo. Este recurso ha sido muchas veces más escandaloso, sobre todo cuando la Fuerza Pública pretendía acomodar los hechos con falsos testigos para exculpar a miembros que habían cometido crímenes.

El fuego amigo impacta con fuerza en dos objetivos: primero, en el orgullo con que una mayoría lleva el uniforme, lesionado por estos actos escandalosos. Y lo que seguramente es más grave, en la confianza de los ciudadanos. La pérdida del respeto a estas instituciones no es precisamente lo más conveniente cuando la lucha contra el crimen organizado y empresas criminales pone a nuestras Fuerzas Armadas en las más altas responsabilidades del Estado.

Durante mucho tiempo se creyó que las vidas de militares y civiles estaban radicalmente separadas. Pero los ciudadanos somos hoy más sensibles a la conducta de las Fuerzas Armadas, en el desempeño de sus funciones o en la transparencia con que cumplan otras funciones del Estado. Por ejemplo, en el manejo de recursos públicos. Lo somos más en la medida en que exista un grado de responsabilidad mayor, trátese de magistrados de las altas cortes o de oficiales de las Fuerzas Armadas. El hecho de que cumplan funciones preventivas, represivas o de defensa de la soberanía no reduce la gravedad de ninguna falta contra los derechos humanos, contra la vida de inocentes o contra los bienes de los colombianos.

El fuego amigo de la corrupción golpea desde arriba hacia abajo la moral de cada cuerpo. La conducta de los superiores se vuelve ejemplar, o por lo menos imitable, entre los subalternos de grados inferiores.

Una de dos: pensamos en el futuro con un razonable grado de confianza entre los ciudadanos y las FF.AA. o aceptamos que, una vez corrompidas por la misma epidemia que corrompe a otras instituciones del Estado, lo mejor sería pensar en una inevitable connivencia de las fuerzas del orden con el delito. Pero ningún proyecto serio de país se hace con esta última premisa.
Sin ser demasiado optimista, prefiero pensar que la paz anhelada pasa precisamente por la confianza moral que las fuerzas del orden les inspiran a los ciudadanos. Confianza y respeto, no miedo o suspicacia, que es lo que ha existido casi siempre, incluso cuando reconocemos el inmenso sacrificio de policías y soldados en la guerra.

Una de las razones por las cuales deseamos la terminación negociada del conflicto armado es esta: la guerra no solo ha envilecido los métodos de la subversión, sino también los métodos de las Fuerzas Armadas del Estado. El ingrediente de la corrupción era lo que faltaba.


Óscar Collazos
El Tiempo, Colombia, GDA