Monseñor Julio Parrilla

Once vidas, once maletas

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Cuando el verano pasado hice escala en Madrid, un buen amigo me llevó a ver en el Centro Cultural Cibeles una exposición original que me conmovió profundamente. Son 11 historias, cada una de ellas encerrada en una maleta en la que caben tantas cosas… Son las historias de 11 hombres y mujeres que han huido de Siria, Iraq, Marruecos,… Historias que traspasan el alma de quien las contempla cuando el que mira lo hace con los ojos del corazón. La Muestra reivindica los derechos de 65 millones de refugiados que están ahí, ante nuestros ojos, perdidos ellos, en su dramática andadura, perdidos nosotros, a la deriva en el mar de nuestra indiferencia.

Los refugiados, antes que un problema, tienen nombre y apellido, familia, certezas, sentimientos e historia. Porque son personas, no es un problema de algunos sino de todos. Sin duda que más de uno se aprovechará de la oportunidad para sembrar el terror. Pero no hay que generalizar ni confundir. Si, por un lado, la violencia también está dentro de nuestras fronteras, por otro, los derechos de los refugiados son los mismos que los nuestros; la única diferencia es que han nacido en un sitio donde la guerra, la violencia y la persecución les obliga a salir.

Las historias que narran estas maletas, repletas de dolor y de esperanza, son historias de personas como usted y como yo. Y hay de todo: unos huyen de la guerra, otros del fanatismo o de la intolerancia; todos buscan una nueva oportunidad donde la haya… Cada maleta narra la historia del personaje, su fotografía, un objeto personal, un mapa con el recorrido realizado,…
Contemplando las maletas me he preguntado si todos estamos haciendo lo posible por acoger, acompañar, ayudar a los diferentes, a los que invaden nuestra privacidad, a los que se cuelan en nuestras vidas por las rendijas de la pobreza o de la exclusión. La pregunta vale no sólo ante los refugiados que presionan en las alambradas de Europa. Vale para nosotros. No son pocos los migrantes del campo que buscan refugio en nuestras grandes ciudades, los jóvenes que buscan la oportunidad de su primer trabajo, los retornados con las manos vacías y con las deudas pendientes, después de una aventura hipotecaria que los dejó pelados… También ellos cargan sus maletas, unas veces llenas y, otras, vacías.

Al imperativo ético le acompaña el imperativo legal. Así, la Declaración Universal de los Derecho Humanos no debería de quedar, una vez más, en papel mojado. Las personas son personas (este es el problema) y tienen derechos. Desde mi personal perspectiva creyente, repaso el universalismo del mensaje de Jesús y la cosa se complica un poco más. Ya no hay pueblo escogido, ni raza elegida, ni nación consagrada, ni caudillos por la gracia de Dios. Sólo hay hombres y mujeres capaces de luchar por lo que aman y de descubrir a Dios en el fondo de una maleta repleta de pobrezas y esperanzas.