Monseñor Julio Parrilla

El techo del gasto

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El otro día asistí a un foro, más o menos académico, sobre la situación del país. Ya saben: que si hay o no hay democracia, que si son los mismos canes con distintos collares, que si la institucionalidad anda hecha unos zorros, que si la corrupción responde sólo al inicio del destape, que si la deuda, que si las cargas impositivas, que si las obras megafallidas, que si esto y lo otro… Alguien intentó aterrizar en el tema económico y dijo aquello de que, “si queremos que haya futuro, tendríamos que reducir notablemente el techo del gasto público”. Lo del techo me dejo inquieto y me volví a casa pensando y repensando en semejante floritura.

Supongo que reducir el techo del gasto quiere decir, simple y llanamente, reducir el gasto, lo cual dicho así, a secas, como que ya no parece ni tan técnico ni tan solemne. Hay gente que alarga las frases para no tener que alargar el razonamiento. Y esa es una tendencia generalizada en nuestros medios sociales, políticos y económicos. Escuchar las declaraciones de nuestros padres (los de la patria) resulta muy entretenido. Yo recuerdo los dichos de mi niñez, cuando el refranero era una forma de expresar la sabiduría humana. Mi tía Tálida, que hubiera sido una dama conspicua del siglo de oro, profunda admiradora de Quevedo, solía decir que “una cosa son las hojas y otra, muy distinta, el rábano”. Lo mismo pienso yo, cuando escucho los floripondios de la política y veo cómo, una vez más, las palabras esconden la verdad, la única, decía Jesús, capaz de hacernos libres.

Alguno de estos floricultores dice que “respiramos aires de libertad”. Déjense de aires. Vayamos al rábano y preguntémonos si hay libertad, democracia y división de poderes, si la justicia es independiente y alcanza a todos, si los que tanto robaron devolverán la plata y algún día se sentarán en el banquillo, si la economía será social y solidaria y si los pobres encontrarán, finalmente, caminos de justicia y de inclusión, de desarrollo y bienestar.

Volvamos al “techo del gasto”. Si usted le dice a su digna esposa que tiene que reducir el techo del gasto, probablemente piense que usted se olvidó de tomar las pastillas. En la vida real la gente no anda ni por las ramas ni por los techos. Todo es más sencillo. Hay que reducir los gastos de la compra, de la casa, del vestido, del colegio, de las vacaciones, del aporte a la Caritas parroquial,… Lo demás es complicar las frases para despistar. ¿Les suena?

A veces pienso que volvemos a las andadas, cuando sábado tras sábado nos empapaba la lluvia de la propaganda oficialista. Todo era de fábula y las obras anegadas, agrietadas e inconclusas lograban que Alicia viviera feliz en el país de las maravillas.

Necesitamos un baño de realismo y llamar a cada cosa por su nombre. Espero que, tras la consulta, nos marquen bien la ruta a seguir y, de una vez, baje el techo de todas nuestras deudas.