Monseñor Julio Parrilla

¿Seguiremos enredados?

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A la luz de los populismos que nos rodean, de izquierda y de derecha, he leído casi con emoción el libro de Sergio Ramírez “Adiós muchachos”. Un libro de memorias en el que relata su doloroso desengaño tras la Revolución Sandinista. En sus páginas se autocrítica y critica a los intelectuales que, deslumbrados por la utopía, eran capaces de ignorar la realidad, sometiéndola a los dictados de las consignas políticas.

No hace tantos años, Nicaragua era una caricatura emblemática de las repúblicas bananeras, un latifundio de los Somoza. Después vino la Revolución y convirtió a Nicaragua en un paraíso más de los que, por aquel entonces, ya empezaban a ofertarse a precio de ganga. Pero el ensueño, “tan violentamente dulce” (son palabras de Julio Cortazar), pasó de largo a velocidad de crucero. Ahora en Nicaragua, como en tantos otros países latinos, los ideales revolucionarios se marchitan y sólo queda la codicia de los Ortega.

Corremos el riesgo de tropezar en las mismas piedras si, pasadas las emociones de la consulta popular y una vez desenrollado el ovillo de la deseada transición, cayésemos nuevamente en la trampa de querer comprar el futuro al precio de la libertad. No puede haber un proyecto de regeneración económica y política al margen de una democracia auténtica, de un país libre, equitativo e incluyente, es decir, de un país profundamente ético.

Las ramas de la corrupción económica (ramas frondosas que no nos permitían ver el bosque) no se hubieran desarrollado tanto si el régimen político no lo hubiera consentido. Lo más triste es que muchos funcionarios públicos aprendieron a mirar hacia ninguna parte, más pendientes del mensual y de la voz inapelable del jefe que del futuro del país. Forman parte de esa legión de servidores siempre dispuestos, gobierne quien gobierne, a bailar al son que les toquen, aunque la música suene desafinada y las primeras voces canten horrorosamente mal.

Vivo convencido de que nuestro país necesita una economía social y solidaria en la que la dignidad de la persona y el bien común, comenzando por los más pobres, sean el centro de cualquier proyecto económico o, como dicen ahora los sabios (con enorme pedantería), del cambio de la matriz productiva. Semejante apuesta va de la mano del Estado de derecho, de la división de poderes, de la independencia de la justicia, del empleo productivo, de la libertad de expresión y de la participación ciudadana. Sin todas estas cosas y algunita más, la institucionalidad es un cuento.

Son muchas las voces que suenan y con las mismas palabras decimos cosas diferentes. Por eso se exige en este momento una claridad mayor. No podemos pervertir la democracia ni cercenar la libertad. No podemos olvidarnos de la ética. Y para eso hay que hacer justicia, romper el círculo opresor de la impunidad y voltear de una vez esta página oscura que tanto daño nos ha hecho.