Monseñor Julio Parrilla

¿Qué será de nosotros?

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Muchos nos lo preguntamos, dado el lío en el que nos han metido (y nos siguen metiendo). La vox populi expresa su hartura y su desencanto. ¿Cuál será nuestro futuro? Parece que todo depende de un hilo que siguen moviendo los de siempre, los de cerca y los de lejos.

Van pasando los meses, pródigos en palabras y temores… pero la economía, tanto como la política, siguen desquebrajadas y medio caóticas. Difícil construir país cuando el gobierno tiene la oposición dentro de casa. Por otra parte, el pueblo humilde se pregunta cuando, de una vez, aparecerá el dinero y quién se lo llevó. Cada día soportamos un susto y así, de susto en susto, podemos alargar la historia, el sainete rosa, maquillando la verdad.

Hoy, las palabras de los sabios suenan a hueco. Son palabras de neocapitalistas que se aprendieron el libreto de memoria pero que ya nada significan. La marea de la corrupción hace que las palabras, los proyectos y las promesas se desvanezcan. ¿Se imaginan lo que hubieran sido las elecciones si este cúmulo de maldades y tropelías hubieran aflorado a tiempo, antes de depositar el voto? Más allá de la crisis económica, de las turbulencias políticas, del morbo que se suscita noticiero tras noticiero, está el desencanto de un pueblo que se siente traicionado, robado y abandonado por aquellos que juraron o prometieron defenderlo y servirlo.

Es curioso. Todo el mundo habla de principios, valores y lealtades. Era el discurso de antes y es el de ahora. Ignoran (o pretenden que ignoremos) que, poco a poco, el sistema se fue pudriendo y vaciando de contenidos liberadores. Una vez más, la que naufraga es la República. ¿Por qué será que somos expertos en perder las oportunidades? Ciao Montecristi, ciao revolución, ciao esperanza. Una vez más toca recomponer la casa y volver a empezar. Una vez más…

Esta patria querida necesita una potente regeneración ética. Cierto que el arca tiene que estar cerrada y protegida, controlada y vigilada. Pero no es suficiente. La serpiente supo corromper el corazón de nuestros primeros padres. Y corromperá el corazón de los últimos. Pero no estamos hablando sólo de la virtud individual. Hablamos de las virtudes cívicas, de los valores sociales, de la honestidad del Estado. Un cierto nivel de corrupción siempre será inevitable. Precisamente por ello, es necesario el derecho, la justicia, el orden y la ausencia de impunidad. Cuando la corrupción devora la organización del Estado y determina nuestro status económico y social, hay que empezar a pensar que estamos rotos y desamparados.

¿Qué será de nosotros? Sólo lo saben aquellos que son capaces de diseñar los triunfos y las crisis. A los pobres sólo les toca ser burros y apaleados. Ojalá (que significa “Dios lo quiera”), salgamos adelante. Pero, una vez más, tendremos que pagar un alto precio. Así es la vida. Nos roban y tenemos que seguir pagando.