Monseñor Julio Parrilla

Pagar los platos rotos

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Una vez más, a este bendito Ecuador le toca pagar los platos rotos de una vajilla que ni siquiera es suya. Los venezolanos que se riegan por todo el país (muchos de ellos de paso hacia otras latitudes) son, en primera instancia, un problema de Venezuela, país machacado por Maduro de forma cruel e inmisericorde. Nuestro gobierno ha decidido sentarse en la platea, contemplar y aplaudir semejante desatino, invocando el respeto a un país soberano. Sinceramente suena a tomadura de pelo. Ningún país es soberano cuando anula las libertades y mata de hambre a su pueblo.

La Iglesia ecuatoriana, por medio de Pastoral Social Cáritas, unida a las iglesias hermanas de Latino América y en comunión con la oficina de Migraciones y Refugio de la Santa Sede, está tratando de paliar los efectos de esta crisis humanitaria que afecta a millones de personas. En la última semana de abril Bogotá acogerá un encuentro de iglesias y organizaciones católicas que, más allá de los intereses de la política, intentarán diseñar un programa solidario de acogida, acompañamiento e integración.

¿Y Colombia? Los atentados sufridos en los últimos tiempos quiebran el ritmo de la marimba y hunden todavía más a la pobre y castigada Esmeraldas. La violencia, ese cáncer enquistado en Colombia, bien puede crecer y extenderse por nuestro suelo patrio. La resistencia para asumir las consecuencias de la paz por parte de no pocos grupos irregulares, el auge del narcotráfico y su afectación a nuestras frágiles fronteras, el despiste de una inteligencia ensimismada, más centrada en actividades políticas y en la caza de terroristas de salón que en cuidar de las fronteras, son circunstancias que poco han contribuido a prevenir y cauterizar el peligro. No hay que olvidar que estamos ante un conflicto, el colombiano, que ha generado más de un millón de víctimas y más de siete millones de desplazados.

Siento decirlo, pero estamos bien lejos de la paz y, sobre todo, de una cultura de paz. Los atentados de uno y otro lado (en Esmeraldas, por parte de los narcoguerrilleros, y en Tumaco, por parte de los policías, según parece) demuestra que la región, antes afectada por las FARC, está hoy tomada por el narcotráfico, que poco a poco va instaurando un Estado paralelo.

Tampoco hay que olvidar que la crisis colombiana va mucho más allá de estos últimos cincuenta y dos años. En el fondo, lo que trasciende es la gran diferencia entre la ciudad y el campo, la injusta distribución de la tierra, el narcotráfico y la minería, ecos de la gran corrupción social y política.

¿Tendrá el gobierno colombiano la suficiente eficacia y fuerza como para implementar el Acuerdo de Paz, defender sus fronteras y combatir semejantes lacras? Lo cierto es que ahí estamos, víctimas de la violencia ajena y de nuestra propia torpeza. En la frontera norte hay mucho que hacer, no sólo llorar a los muertos.