Monseñor Julio Parrilla

Mujeres con derecho a vivir

valore
Descrición
Indignado 1
Triste 1
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 15

El próximo 8 de marzo es el Día de la Mujer y quisiera dedicar mi artículo de este domingo cuaresmal a las que son doblemente víctimas: por ser mujeres y refugiadas. Mujeres africanas o del Próximo Oriente que, con su pobreza o su miedo a cuestas, recorren los mares y los caminos del mundo con sus hijos a cuestas, expertas en alambradas, pateras y desembarcos suicidas. No son las únicas que sufren. El femicidio ha encontrado en los países desarrollados un auténtico caldo de cultivo.

También aquí, entre nosotros, prevalece la conciencia (es un decir) de que la mujer es objeto de manipulación o de deseo, propiedad privada de un macho capaz de imponerse a sangre y fuego, capaz de matar. Así que hoy he decidido hablarles de Elizabeth Waraga, hermana misionera de la Virgen María Bendecida. Bien puede representar a tantas mujeres africanas que, a su vez, representan a no pocas mujeres de este mundo. Porque, en contextos de dificultad, son obligadas a casarse casi en la infancia, tienen cerradas las puertas de la educación y son las víctimas propiciatorias de los bárbaros de la guerra, que abusan de ellas como arma bélica, para destruir los pueblos, culturas y etnias que aborrecen.

Dicen que el que huye de su casa ya no vuelve a ser el mismo. Algo de esto sabe la monja Waraga. Natural de Sudán del Sur, ha sido hasta en tres ocasiones una persona desplazada. La primera vez, en la república Centroafricana, tuvo la gran suerte de encontrarse con alguien que le abrió los ojos y le recordó que el único camino de liberación era la educación. Se lo tomó tan en serio que estudió y se hizo monja, dedicada en cuerpo y alma a la liberación de las mujeres.

De nuevo la guerra civil y, una vez más, la necesidad de abandonar el Sudán. “Cogimos a las chicas y, literalmente, estuvimos tres semanas corriendo por los bosques, huyendo hacia ninguna parte… hasta que gente de la ONU se hizo cargo de nosotras. La pobreza en la que vivíamos las monjas y las chicas nos obligó a marcharnos a Uganda. Fue nuestro tercer refugio. Allí logramos que las chicas tuvieran acceso a la educación y encontraran un espacio de paz y de vida”.

Hoy la hermana Waraga ha vuelto a Sudán del Sur, independiente ya de Sudán, pero todavía en guerra. Se dedica a la educación de niñas y de mujeres, pues sabe que ningún ser humano será libre mientras permanezca inmerso en la violencia y en la ignorancia. Ella, como tantas mujeres en este planeta, busca un cambio social hondo. Sabe que vivir sin paz y sin justicia es un tormento. Su historia es sencilla y no llama demasiado la atención, nunca ocupará un espacio estelar en la televisión, pero es la historia de miles y miles de mujeres que no se conforman ni se acostumbran a la miseria. Mujeres que arriesgan y que luchan por salir adelante y por salvar a sus hijos del caos. Tienen derecho a sobrevivir. Eso es todo.