Monseñor Julio Parrilla

Banalizar el horror

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Hace 70 años se cerró Auschwitz. Supervivientes de entonces y políticos de hoy se dieron cita en el mayor centro de exterminio de la historia, donde fueron asesinados, al margen de toda piedad, más de un millón de personas.

Es difícil entender hoy, desde una perspectiva ética y democrática, cómo se pudo llegar a semejante horror. Historiadores, sociólogos, politólogos y psicólogos tienen, no una, sino miles de palabras que decir. Al final, ante tanta barbarie, siempre queda un resquicio de insatisfacción: ¿Cuál es el camino recorrido para llegar a semejante meta? ¿Cómo es posible acumular tal nivel de deshumanización?

Pero si hace 70 años se cerró un campo que resume todo el horror nazi, muchas heridas e interrogantes permanecen abiertos, Cierto que las heridas personales las cura el tiempo… La muerte pone un punto final inevitable al dolor personal, aunque las heridas de la historia quedan siempre vivas en el recuerdo.

Gracias a Dios, los interrogantes nos siguen inquietando y es bueno que sea así, porque nadie está libre de la barbarie. En estos días hemos visto cómo el Estado Islámico (EI) quemaba vivo a un hombre enjaulado. Por su parte, el Comité de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño denunciaba que los yihadistas están vendiendo a pequeños iraquíes en mercados como esclavos sexuales, crucificándolos y enterrándolos vivos, como escarmiento o cuando se vuelven desechables o, simplemente, para sembrar el maldito terror.

Es triste decirlo, pero Auschwitz solo es el referente, programado y consentido, de la crueldad cuando el mal habita en el corazón del humano y el hombre pacta con lo peor de sí mismo. Auschwitz nos recuerda el horror inmenso del que somos capaces.

En el caso que nos ocupa, cada elemento organizado de la sociedad alemana tuvo su papel. Solo dos meses después de la llegada de Hitler al poder, los nazis abrieron el primer campo de concentración, Dachau, en 1933.

A partir de ahí empezó un dinamismo destructivo que acabó pulverizando tradiciones, valores y conciencias. Judíos, homosexuales, gitanos, comunistas,… millones de personas fueron asesinadas en los campos o a cielo abierto. ¿Será posible formar parte de esta maquinaria homicida hasta el punto de adormecer la conciencia, hasta el punto de acostumbrarse? Parece que sí… Quizá por eso la antropología de Juan Pablo II rezumaba una cierta desconfianza. Él sabía que el infierno no solo son los otros, sino que cada uno puede encender el fuego devastador dentro de sí.

Hannah Arendt, sobreviviente del Holocausto, habló de la “banalidad del mal”. Por eso, siempre reivindicó el papel, a un tiempo perturbador y sanador, de la memoria. El hombre no puede ni debe olvidar, porque el mal acecha y puede destruir cualquier resto de humanidad y de compasión. Nadie puede matar, ni en el nombre del hombre ni en el nombre de Dios. Mientras esto sea posible no seremos hombres, sino inmundicia, ganado y desecho que se puede eliminar.