Monseñor Julio Parrilla

Tener un hijo especial

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El tema del aborto nos ubica ante los hijos especiales. Pero, visto desde otra perspectiva, son ellos quienes nos ubican ante el aborto. Hago mías las palabras de un padre que, a pesar de tantas dificultades, mantiene la cabeza y el corazón en su sitio. Es padre de un niño especial.

“Mi hijo, decía, es de los últimos. Quedan muy pocos y, cada vez, son menos los que te cruzas por la calle. Dentro de poco serán un recuerdo, para unos, una nostalgia, para otros, una pesadilla por lo que hicieron… Pero serán un recordatorio de lo enferma que está esta de taras, de las complicaciones que un hijo pueda plantear a nuestra cómoda vida”.

Yo creo que la dignidad de una persona no se mide por su perfección, sino por su simple y maravillosa condición de persona. Por eso, a mí también me duele que sean eliminados, especialmente cuando noto en la mirada de algunos el interrogante: “¿Cómo no lo eliminaste?”. Así piensan tantos sabios de este mundo que han hecho del bienestar personal y colectivo el gran mito de sus vidas. Cualquiera podría pensar que tienen razón: Tienes treinta años, embarazo, amniocentesis,… y sólo te ofrecen un camino: eliminarlo.

El hijo de mi amigo tiene síndrome de Down. Y es de los últimos. Testarudo como él solo. Cuando pega portazos se caen trozos de escayola del techo y cuando se incomoda o no le gusta una broma, suelta malas palabras, como si fuera español (cuidado que son malhablados, los españoles). Pero es un muchacho valiente y decidido. Y da pellizcos y besa como nadie y te abraza como un oso. Llora con el que llora y ríe con el que ríe. Y, aunque parezca mentira, es el compañero fiel. Y lo será durante toda la vida. Así es el hijo de mi amigo. Y es de los últimos.

A quienes engendran niños especiales, algo les quisiera decir: no se dejen engañar. Más allá de la codicia de la vida, que tu hijo sea de los últimos te convierte a ti en primero, a ti y a él. El siempre será el primero en tu corazón de padre o de madre. Y mientras seas capaz de arriesgar tu comodidad y de complicarte la existencia, encontrarás caminos y puertas de salida.

Con la ley en la mano, en muchos países del planeta, podemos eliminar y destruir un feto. Podemos destruir cuanto queramos. Pero lo legal no siempre coincide con lo moral. En una sociedad hedonista, donde se vive en función del bienestar y del placer, cargar con un hijo especial se convierte en una locura. No es la única que el hombre puede cometer por amor.

Viví durante muchos años con un niño paralítico cerebral y, ahora, paso siempre mis vacaciones con él. Hacemos una pareja dispareja, tierna y un poco cómica. Mientras Usted lee este artículo estaremos paseando frente al mar, cerca de Finisterre, en las orillas del misterio, donde los antiguos creían que la tierra terminaba. El tiempo que compartamos será un tiempo feliz. Cada uno, a su modo, lucha por la misma dignidad.

jparrilla@elcomercio.org