Milagros Aguirre

Acto de contrición

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Aunque haga acto de contrición, baje el tono de voz y la mirada y meta las basuras debajo del tapete para que no las vea el Papa, aquel que siembra vientos, cosecha tempestades. Demasiados frentes abiertos desde hace ocho años, semana a semana, en un Ecuador que a veces se parece a una montaña rusa. Demasiados enemigos. Demasiados prejuicios. Demasiados lugares comunes. Y una herencia: un país dividido en dos, los que están con él, los que están contra él, los buenos y los malos, los unos contra los otros, los que se suponen de izquierda que parecen de derecha y los que son de derecha que parecen vestir traje de izquierda. Esa, la herencia. La única herencia y tal vez la peor de todas: el odio, la división, la imposibilidad de una verdadera vida democrática en donde se gane por consenso y no por mayoría, en donde las minorías tengan voz y voto.

Las nuevas generaciones parece que heredarán la bronca permanente contra aquel que no piensa lo mismo. Heredarán la intolerancia. Heredarán los epítetos con los que se han tratado día tras día a ciudadanos cuyo delito ha sido la crítica o el desacuerdo con la verdad oficial. Heredarán los lugares comunes y ver al otro con el lente del estereotipo y el menosprecio con el que se ha venido tratando a la sociedad: el que tiene más es pelucón, el banquero o empresario es algo así como el diablo cochino y miserable, el periodista que no puede ser sino corrupto o miembro de la CIA, la libertad de expresión tiene que tener límites porque le debe respeto al mandante, las mujeres deben tener hijos luego de estudiar la universidad, los maestros que son tirapiedras, los ecologistas que son infantiles y un largo, larguísimo, etcétera, que no cabría en esta columna.
A menos que el papa Francisco haga un milagro, y, luego de escuchar las confesiones de gobernante y gobernados, se le ocurra mandar el diálogo como penitencia en lugar de las
5 000 avemarías por pecados tan grandes, no parece estar abierto el camino hacia el “amplio diálogo con todos los actores”. Por ahora, no basta el acto de contrición ni el archivo temporal de leyes molestas para la clase media, como para cambiar las banderas negras por las banderas blancas.

Demasiado hay ya acumulado. Demasiado rencor. Demasiada rabia. Porque el “amplio diálogo y la concertación” tiene que hacerse no solo con los que creen que van a heredar, sino con las mujeres ofendidas, la poca prensa independiente, los campesinos y obreros, quienes rechazan el petróleo y la minería, los galapagueños, los indígenas que reclaman por el agua, los maestros vengan de la filiación política de la que vengan, los estudiantes que han dado yuca, los que alguna vez hicieron un paro, los organismos de derechos humanos, los dirigentes sociales perseguidos, los ofendidos en las sabatinas. Si no, el diálogo seguirá siendo monólogo. O diálogo de sordos.

maguirre@elcomercio.org