Michael Spence

Cómo ser una economía abierta

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La palabra “apertura” tiene dos connotaciones relacionadas pero distintas. Por un lado, da idea de algo que es irrestricto, accesible y (tal vez) vulnerable; por el otro, de algo (por ejemplo, una persona o una institución) que es transparente, en oposición a misterioso.

El primer significado suele aplicarse al comercio, la inversión y la tecnología (aunque la mayoría de las definiciones no relacionan oportunidad con vulnerabilidad); factores que siempre impulsaron cambios económicos estructurales, especialmente en relación con el empleo, algo que puede ser benéfico y al mismo tiempo disruptivo. Los gobiernos llevan mucho tiempo tratando de hallar un justo equilibrio entre el principio abstracto de apertura y la implementación de medidas para limitar los efectos negativos del cambio.

Felizmente, la investigación académica y la perspectiva histórica pueden ayudar a las autoridades a responder a este desafío inteligentemente. Piénsese en el caso de los pequeños países desarrollados del norte de Europa, que tienden a ser abiertos, y por buenas razones: si no lo fueran, deberían diversificar en exceso los sectores transables de sus economías para satisfacer la demanda interna. Eso les supondría altos costos, porque la pequeñez del mercado interno les impediría lograr economías de escala en tecnología, desarrollo de productos y fabricación.

Pero la apertura de estos países aumentó la relevancia económica y política de invertir en capital humano y una sólida red de seguridad social. Las políticas de seguridad social son doblemente importantes para las economías pequeñas y especializadas, porque una perturbación externa sobre un único sector transable puede afectar a toda la economía.

Pero no siempre fue así. Economías pequeñas y medianas como Canadá, Australia y Nueva Zelanda antes tenían políticas proteccionistas que llevaban a un exceso de diversificación de sus sectores transables. Pero con el aumento del comercio internacional y de la especialización, el costo de los bienes (por ejemplo, autos) de producción local en comparación con los importados se hizo intolerable para los consumidores. En los años ochenta y noventa, estos tres países comenzaron a abrir sus economías, en una difícil transición estructural que, sin embargo, mejoró la productividad y generó amplios beneficios para ciudadanos y consumidores.

Pero encontrar el equilibrio justo nunca es fácil. Canadá, Australia y Nueva Zelanda son países con abundancia de recursos y vulnerables por tanto a la “enfermedad holandesa”: lo que ocurre cuando un fuerte sector intensivo en capital daña a otros sectores con la apreciación de la moneda local. Por eso siempre hubo aquí temor a una diversificación insuficiente, que los dejaría a merced de perturbaciones en los mercados mundiales de materias primas y generaría problemas de empleo.