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Hoy, listos para comer la tradicional fanesca, ojalá hecha por mamá o con su receta que siempre es la mejor. Cierto es que, aunque su tradición principalmente es serrana, hoy se ha convertido en un plato nacional. Lo más gracioso es que este contundente y muy alimenticio plato, se come en el día de ayuno, aunque de ayuno no tiene nada aparte de no llevar carne y que, como no podía ser de otra manera, para asegurar el ayuno, viene acompañado de un segundo plato llamado mole hecho de papa y maní con otros acompañantes y, como no puede faltar el postre, hay arroz con leche. Pero así de ilógicas o lógicas son las tradiciones, parte de la cultura de los pueblos y que muchas veces para la mayoría no tiene historia, sino que queda solo la costumbre, aquella de reunirse en familia o con amigos y disfrutar de un día festivo con un delicioso plato, cuyo sabor es fácil de aceptar solo para los nacionales, pues los extranjeros se toman su tiempo para apreciarla si realmente lo logran hacer.
Fanesca, palabra que hoy ya tiene un interesante significado, pues nosotros los ecuatorianos, todos y todas aquellas que no somos borregos y que sí nos permitimos la sensación de descontento y la libertad de reclamar y marchar, fuimos tachados con este nombre gastronómico. ¡Qué delicia ser llamados así!

El Ecuador es un país fanesca por sus raíces pluriculturales, las mezclas con conquistadores y con migraciones que han llegado y siguen llegando. De ahí los apellidos “extranjeros” que son tan propios como los indígenas y castizos, los afroamericanos, italianos, argentinos, chilenos, suizos, alemanes, franceses, americanos. Así es nuestra historia, una mezcla, una fanesca de nacionalidades, razas, ideologías, filosofías y religiones que conforman una nación rica por eso mismo. Esto, sin mencionar la biodiversidad, que es así porque hasta geográficamente tenemos esa bendición de tener de todo un poco en una tierra no tan amplia. Por eso somos especiales y únicos, por eso nuestra riqueza es más valiosa que ninguna otra.

¿Somos una fanesca? ¿Solo nos gusta la fanesca? Ambas cosas y un viva por ello. Así como hoy nos embarcaremos en un día casi sagrado, gastronómica y culturalmente hablando, y lo gozaremos y comentaremos viviendo momentos muy especiales, así mismo, con la misma fuerza de la libertad con la que nacimos, la inteligencia y la cualidad humana de decidir lo que queremos, lo que nos gusta o disgusta. Cada grupo que alza su voz es un valioso grano de los que forman una fanesca. Si falta uno, el sabor no es igual. Si faltan los adornos, desde la tirita de ají y la rama de perejil, al maqueño y al huevo, a la cebolla y al queso, no es una fanesca. La diferencia está en que, como ecuatorianos, nos complementamos; al hacerlo, perdemos el paralizante miedo y retomamos nuestra fuerza y nuestra libertad. Somos tan importantes en grupo, conformado por grupos menores de descontento con los debidos adornos y nuestra voz en alto que hacemos una deliciosa mezcla que intentan disminuir, justamente porque al quedarse solos, como en un cuarto oscuro, sienten miedo.