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La sumisión, permiso inconsciente que abre la puerta al abuso de un superior, un controlador, un poderoso, ante quien la seguridad personal se desmorona. Reacción inicial al miedo que paraliza. Gigante, aterrador, monstruo incontrolable que, con su sola presencia, distorsiona los principios, inclusive, confundiendo la moral y la ética, en quién sufre, repentinamente, aunque puede ser una constante, modificadora de su acción, aprisionando su voluntad, inteligencia y emociones. La mujer, por la cultura en la que vivimos, es especialmente susceptible, aunque los hombres lo sufran y no lo acepten, a este miedo que obliga a actuar de maneras insospechables, por mantener un trabajo o lograr una posición, sus esperanzas vivas, en definitiva, por sobrevivir en el ámbito personal o profesional.

De ahí que, a nivel mundial, aunque penosamente no necesariamente en el ámbito nacional, aparece un ícono en las redes sociales, donde las mujeres, en número impresionante, confiesan sus pesadillas bajo el ya conocido #metoo, yo también. Confesando al abuso perpetrado en su contra: físico, emocional, sicológico. Una realidad en todo género, clase social, religión, raza o país. Innegable, real. Se susurra, con vergüenza y culpabilidad, entre quienes lo sufren si llegan al punto de aceptarlo en su interior. Se encubre para no dar paso a perder la situación. Mientras en el sector contrario se jactan de sus triunfos, se aprovecha de la situación logrando mayor sumisión.

Quien ha sufrido de abuso, me incluyo, tanto en el nivel personal como profesional, tiene dos caminos. Aceptar la sumisión y, practicarla a cabalidad para mantener su matrimonio, su trabajo o, posición anhelada o, rebelarse y convertirse en una guerrera a favor de sus propios derechos, respeto, valoración y, por lo tanto, aceptación de quien es. En el primer escenario, aprisionada por el miedo y, por lo tanto, sumisa, al “jefe” de su vida personal o profesional, su visión, distorsionada, piensa que su actuación es normal. No se cuestiona, actúa sin profundizar, de acuerdo a lo que se le solicita. Su valor personal disminuirá lenta, pero inevitablemente.

En el segundo escenario, se convertirá en una guerrera, valiente, temeraria y no sucumbirá ante el despreciable miedo. Su formación no le permitirá sucumbir. Luchará, por todas aquellas que sufren su derrotero. Se la tachará de inconforme, controversial, problemática. Con la cabeza en alto aun cuando en su interior sufra las dificultades que deba resistir. Su visión de sí misma, será una mezcla entre el reflejo del espejo de la sociedad y lo que sus principios y su lealtad consigo misma le devuelvan. Admirada por unos, rechazada por otros, perseguirá su meta.

Si el mundo ha despertado ante el horror del abuso por parte de poderosos en la vida privada y pública, en Ecuador nos falta mucho para tener la valentía de, sin miedo ni vergüenza, denunciar el abuso. Más todavía, cuando, en la década perdida, el maltrato a la mujer, de palabra o acto, convirtió, a muchas, en esclavas del miedo ante la indispensable necesidad de sobrevivir.