Marco Arauz

La hora del chuchaqui

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Si bien los gobiernos de Brasil y Argentina enfrentan severas crisis de credibilidad, es el de Venezuela el que arrastra los mayores problemas de entre aquellos dirigidos por líderes neopopulistas en la región. Las proclamas antiimperialistas, al parecer, no alcanzarán para detener el derrumbe de un modelo clientelar basado en los petrodólares. El catastrófico manejo económico es el telón de fondo.

Ayer se reunieron en la Mitad del Mundo los cancilleres de la Unasur. La sede, fruto de la era dorada del petróleo, fue estrenada con discursos que dilatan los problemas de carestía y de falta de libertades en Venezuela. Pero hoy la realidad económica es menos dócil que hace apenas unos meses, cuando la ecuación entre bonanza y politiquería parecía indetenible, y hay menos espacio para las arengas.

¿Qué pasa en el país? Hay un aire de final de fiesta, pese a la conveniente divulgación de una encuesta hecha antes de la vigencia de los nuevos aranceles, según la cual la calificación del desempeño del presidente Correa en el primer trimestre del año mejoró seis puntos comparada con el 70% de fin del 2014. Pero incluso los políticos de la bonanza saben que hay una inevitable relación entre economía y popularidad.

Es más un acto de fe que de racionalidad decir que los precios bajarán una vez que se levanten las sobretasas, que éstas tendrán un impacto exclusivamente sobre los bienes importados o que solo afectarán a los ricos. Así como los precios de los insumos impactan en los productos finales, la especulación y el contrabando son inevitables, más aún en una economía orientada al consumo antes que al ahorro.

Sería preferible un liderazgo que no insista en dar respuestas descalificadoras ante las dudas y los cuestionamientos, que no busque justificaciones antes que explicaciones, sino que asuma las actuales dificultades así como, en su momento, asumió las grandes ventajas de una economía dolarizada. Y que afronte la responsabilidad de no haber realizado cambios estructurales a tiempo, o el retraso en los planes para hacerlos.

Un crudo cuyo precio sigue bajo -no se sabe por cuánto tiempo- y un dólar que se aprecia traen consecuencias económicas y financieras. Ello puede significar el cambio de prioridades en materia energética, un punto central del modelo. El discurso del cambio de matriz productiva, para dejar atrás una economía primaria, parece superado por las urgencias del momento.
Por ahora, se sabe que la falta de recursos no solo ha traído decisiones duras sino el efecto colateral de la depresión. Los finales de fiesta pueden producir chuchaqui aun si uno no es amigo de beber.

La situación actual es una oportunidad para no entramparse en sin salidas como la de Venezuela; para ejercer un liderazgo autocrítico y pedagógico. La otra alternativa sería apostar a que amaine la lluvia hasta las próximas elecciones.