Marco Arauz

Sin diálogo no hay paraíso

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Si hay algo en lo que podemos coincidir quienes iremos a las urnas hoy, incluidos los dos finalistas a la Presidencia de la República, es en que habrá que hacer esfuerzos para contar con una economía sana, es decir, que se sustente en la producción y no en el endeudamiento. Es la condición esencial para sostener cualquier programa social, más todavía si se toman en serio las ofertas de los últimos días.

Avanzar en esa vía implica aprovechar el talento humano y la infraestructura existente para volvernos más productivos, abrir mercados para exportar más bienes y servicios y dar más espacio a la iniciativa privada. En esto, con diferentes acentos y matices, están de acuerdo los dos finalistas, aunque su visión sobre el endeudamiento, la participación del Estado en la economía y el gasto es diferente.

Como fuera, como país estamos frente a una serie de amenazas y oportunidades internas y externas cuya solución, a su vez, no solo dependerá del enfoque propuesto sino de las fortalezas y debilidades del candidato que escojamos hoy. Ese tema es materia de otro análisis y de otro momento, pero otra coincidencia nacional es que el próximo tramo de la historia del país será menos difícil si escuchamos al otro y buscamos consensos.

A diferencia de lo que ha sucedido en otros países, nuestros conflictos internos -varios de ellos sangrientos- no han dejado heridas que no hayan podido sanar con el tiempo, y las luchas nacionales por reivindicaciones o por el poder político y económico se han circunscrito a un tiempo y a un espacio determinados. Los movimientos guerrilleros no prosperaron y durante el último período de inestabilidad política y económica hubo rebeliones callejeras incruentas.

Pero no se puede negar que al menos en dos periodos políticos recientes se ha recurrido a la polarización política, en un caso porque había que mantener vivo el grito del populismo y, en otro, porque se partió de la idea de que la lucha de contrarios era parte de una dinámica social beneficiosa, de una ‘revolución de leyes y no de armas’, pero que ha dejado damnificados en el camino.

Uno de los espacios en los cuales la polarización ha franqueado caminos de ida y de vuelta han sido las redes sociales; los combatientes de esa batalla, pagados o convencidos, han recurrido al anonimato y al ataque perverso en el cual se mezclan la calumnia, el racismo, la intolerancia y la xenofobia. Sería injusto no reconocer que las redes también han permitido el retorno del sentido del humor, al fin y al cabo un desfogue ante la polarización y la violencia.

Poco logrará quien gane las elecciones si no desarma los espíritus ya, como el primer paso en este camino difícil. Más allá de que los dos finalistas se han declarado dispuestos a dialogar con todos, ya habrán aprendido que los triunfos impuestos son triunfos pírricos.