Marco Antonio Rodríguez

El Poeta de la Calle

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Dicen que le vieron por última vez el primero de mayo de un año perdido por la Diez de Agosto a medio día, repartiendo volantes. Dicen que esta es una verdad a medias, que en efecto, Héctor estuvo el primero de mayo de ese año perdido por esa avenida a esa misma hora, pero flameando un poncho colorado, signo de un inédito enclave político de los marginados. Isidro Pantoja, secretario del sindicato de una textilería, dice que ambas versiones son falsas, porque Héctor Cisneros, el Poeta de la calle, pasó con él y sus compañeros celebrando el Día del Trabajo, bramándoles la sangre con sus versos: ‘Cuando nuestros guagas/ ven una papa en la coladita/ se hace luz en la cuchara./ ¡Una papa en la coladita –exclaman-/ la sopa ha estado con premio mamita!’

Dicen que a la altura de la Patria y Juan León Mera, después de la mitad de ese día, un Mercedes conducido por un burócrata, como una espada de plata, diezmó el cuerpo del poeta. Cuando los artistas de El Ejido corrieron a socorrerlo, solo hallaron un gorrión moribundo, aleteando en un charco de sangre. Dice Margarita, su compañera, y dicen sus hijos que ahora ya le igualaron en edad, que todas son puras habladurías, que salió de gira con un fajo de poemas y que ‘ya mismo regresa’.

Sus andaduras desconcertaban. Recorría la ciudad de arriba abajo. Era el Quito que tuvimos, el que en el tiempo se alejó silencioso. Era nuestra ciudad fiestera, igual a la estrella que reproduce inviernos. Por las mañanas, Héctor subía al Yavirac para ejercitar su esqueleto y su voz. ‘Desde las montañas que cobijan las nubes,/ de los blancos senos del sol,/ derramando los pasados a subidas y bajadas/ y escondiendo las heridas, con las yapas en las manos venimos/ Un cortejo de angustias y de tumbas nos señala los caminos.’

En el atrio de la Catedral, en la Plaza de Santo Domingo, en la 24 de Mayo, trazaba su ‘rayuela’ con carbones encendidos para ahuyentar los malos espíritus, así el gentío podía escuchar sus versos. ‘Ocurre que siempre están/ tratando de barrerme la vida/ Queriendo librarse del cóndor/ que me recorre cada noche/ queriéndome arrancarme las alas.’

Héctor y Bruno Pino hurtaban los cirios de las iglesias y con ellos prendían la fiesta en la 24. La poesía de Cisneros no es fuego de artificio o pancarta banal, salía de sus entrañas y de su ciudad ‘gavilán y nube.’ El poeta genuino no es un pequeño Dios, es un ser caído. Subversivo, abrasivo y tierno, un dador de poesía.

La noche del primero de mayo pasé por la Catedral. Vi al Poeta de la calle recitando. Estaba solo. El gentío que solía congregarse a su alrededor, se había convertido en una cáfila de ingenuos, a la espera de ingresar al mausoleo del presidente que legó al pueblo una muestra de baratijas y birretes. Una mano grandota –que no era la del viento- me devolvió a la realidad y evoqué las noches compartidas con Héctor, el poeta de la calle.