Marco Antonio Rodríguez

La palabra ante la vejez

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La palabra ante la vejez oscila entre el respeto y la veneración, el rubor y la fascinación, el asombro y la extrañeza, pero también viborea para zaherir, degradar, mofarse. Solo el ser humano posee un universo y habita en él. Lo que el medio es a las cosas, la historia es a las personas. El lenguaje es el suceso que escinde naturaleza y cultura. Hito iniciante del peregrinaje humano. La escritura devenida en memoria transfigura todo el flujo de la comunicación.

El hombre no es sino lo que sabe, sentenció Francis Bacon. El anciano ha sido -¿y será?- el sabio que, desde su acervo de saberes y conocimientos (la vida vivida como experiencia), es requerido por quienes tienen la suficiente sagacidad de despojarse de la egolatría inherente a todos los mortales y está en busca de ese codiciado acopio. Platón exaltó la vejez, Aristóteles la asoló. El ser humano es historia, las demás especies no.

“Morirme quisiera yo cuando no me importen/ el furtivo amorío y sus dulces presentes en el lecho…” ¿Es la entrega amorosa lo único que da sentido a la vida? Todas las religiones responden al unísono que no, pero, adicionaría yo, todo dogma.

Los Estados griegos elegían a sus embajadores entre ancianos que rebasaban los setenta años; solventes, elocuentes y estrictos.

“Se necesitan dos años para hablar
y setenta o más para guardar silencio”, Hemingway. Los fascismos demonizan la vejez, aupados por sus líderes: Mussolini, Stalin, Hitler, los arquetipos del siglo XX y sus caricaturas del siglo XXI.

“La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)/ puede ser el tiempo de nuestra dicha”, Borges. Es posible, si la mente sigue creciente; si degenera y cae, adviene el terror y el horror de vivir. Pero, señala Alice Miller: ¿se habrá censado el número de niños y jóvenes que padecen los más crueles males, mayores aun que aquellos que acaecen en la vejez?

La palabra vejez ha sido edulcorada acaso por esa pátina de afeamiento y envilecimiento que ha acaecido sobre ella. El hombre viejo que ata su mano a la de una mujer joven es elogiado -pocos repudian estas imágenes- pero, si se trata de una anciana que luce radiante de la mano de un joven, truenan las bromas más grotescas cuando no el escarnio público. El amor es búsqueda perpetua (el náufrago que cree mirar la tierra salvadora con su catalejo trizado). De aquí que ver a un anciano o anciana renacidos por la gracia del amor es un hecho edificante.

“Soy viejo, dice un personaje de Ionesco, pero sabio y jamás ridículo”. El ridículo es aquella calamidad de la que más debería alejarse el ser humano. Ridículo es el extodopoderoso que se aferra al poder entre rifirrafes y, emperrado, semeja un niño que requiere de forcejeos insólitos para retirarle de un juguete. Nadie imagina cuánto de lucidez e ingenio se requiere para no ser ni parecer ridículo.