Marco Antonio Rodríguez

La palabra iluminada

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Señorial y refinado, solemne y altivo, ave de altanería, provocador (la poesía de Granizo exalta y conmociona sin que intervenga nuestro deseo), impenetrable a ratos, discreto, abismal, solitario. “Decide mi dolor su sutileza/ —oh larga soledad, vuelo perdido—/ cuando tornas, exacta, la cabeza / a la tierra sin tierra del olvido”. Aproximarse a la poesía de Granizo es confirmar que la poesía pone en evidencia lo trascendente; su poesía es inmanente en sí misma; no tiene un fin determinado.

Si la poesía se dedica a alguna acción que no sea la poesía, “abandona la poesía”, no solo se aparta de ella, sino que se reduce hasta su desvanecimiento.

La poesía de Granizo es insumisa y libre, a pesar de que sus formas remitan al malabarismo del barroco o a las representaciones del culteranismo o al porvenir de la tradición hermética; siempre manando, incitadora, viva, presta a tornarse en un todo espléndido.

Mantuve con este inmenso poeta honda amistad. Desbordaba vida sin proponérselo y, a veces, sin hablar ni él ni su poesía. Hasta en nuestras postreras reuniones, cuando sabíamos que su partida definitiva estaba agazapada, junto a él, latía en su mirada esa lava ardiente que bulle en su obra.

Granizo cree, como André Breton, que el cuerpo de la mujer y del hombre son nuestros únicos altares. “Méteme Dios, en la celada celda./ Insaciable, celoso,/ muerde mi entraña Dios,/ bebe mi pozo/ olvidado y profundo, te estremezca/ la vasta soledad de gozo./ Reclúyeme, Señor,/ cuida el postigo,/ suelta el lebrel furioso de tu amor/ y quédate conmigo…”. Blasfemia y plegaria. Desafío. El más osado y a la vez tierno y doliente.

Éxodo de sus interioridades a las afueras de la realidad, ahogada exterioridad que es su corazón mismo, desafío y contienda con la esencia del vivir. Espectáculo perturbador y soberbio, Granizo emigró muchas veces de su vida para otear la vida. Celebración de la poesía, hesitación tierna y atroz. Vértigo. Granizo tensa el lenguaje partiendo de un no saber absoluto; la claridad infinita; la vorágine quieta. “¡Oh, tú, heridora lengua,/ amada lengua, dedo/ en la suave corteza/ de los inermes sueños/ oh vulnerado! ¡oh traspasado corazón del tiempo”.

El amor es la matriz de la poesía de Francisco Granizo. El tiempo amoroso no permite ajustar el impulso y el acto. Miedo padecemos los humanos durante ese lapso. La pasión, en cambio, es un delirio, pero el delirio no es extraño. Lo que sigue siendo un enigma es su “pérdida”, allí afrontamos el duelo real: aquello que nos muestra que el objeto amado ha cesado de existir. “Amor y mar y amor y mar solo/ de amores en sazón, ¿cómo tenerte?/ más y más en los ecos/ y al borde oscurecido de la muerte?” Ni en las más intensas conmociones, Granizo deja su culto por la palabra, sabia y rigurosa. Palabra cataclismo y bálsamo, lenguaje de fulgores, soles, ventiscas y brisas apacibles. Ebriedad y sosiego.