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Sabio —Hernán Rodríguez Castelo profundizó en la razón de ser de las cosas en general y del mismo ser en particular—, adusto, cortés, pulcro, sobrio y familiar —vivió en un espacio austero, rodeado de sus íntimos: su familia y sus libros—, Hernán es uno de los escritores más prolíficos de Hispanoamérica. Este hombre, de encumbrado pensamiento y levadura humana noble y proverbial, nunca buscó fama ni fortuna y dejó un invaluable legado intelectual y humano acaso único en la historia ecuatoriana. El tiempo no es el que pasa, somos nosotros mismos. Tiempo y sueño: las sustancias del ser humano. Las dos, ante seres humanos como Hernán, inclinan su cerviz y labran su esencia.

De su ingente talento creador, salieron más de una centena de libros, muchos de ellos fuente de consulta para nuestro presente y futuro. Sus volúmenes sobre nuestra literatura precolombina y de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX; aquellos dedicados a nuestra artes visuales (679 artistas plásticos analizados en su Nuevo diccionario de artistas plásticos del Ecuador del siglo XX); sus biografías, buidas de lucidez; su Camino del lector, invaluable guía de lectura que acopia 2.600 libros de narrativa, catálogo selectivo y crítico; sus índices comentados de teatro, cine, música; su Léxico sexual ecuatoriano y latinoamericano; sus manuales de retórica, gramática, ortografía…

A sottovoce, como solemos actuar en nuestro medio, se habló siempre del ‘orgullo’ de Rodríguez Castelo; yo hablo de su dignidad, de su dación integral a la cultura, de su anchura de espíritu. Fue mi maestro en el viejo colegio San Gabriel y nunca dejará de serlo. En su histórica empresa de Clásicos Ariel (cien volúmenes sobre literatura ecuatoriana), lo ayudé —muy poco por cierto— atendiendo su generoso pedido.
Dramaturgo, autor de literatura infantil, historiador, crítico literario y de artes visuales, lingüista, ensayista —ese centauro de los géneros que llamaba Ortega y Gasset—, Hernán sometió el tiempo a su arbitrio.

Hernán era sencillo como todo ser humano de veras sabio. El sobretodo azul y su bufanda eran fieles compañeros al salir de su casa y acceder al transporte urbano que le conducía a la ciudad. Riguroso, estricto, grave y cordial, jamás transigió con el poder ni alardeó de su sabiduría o disminuyó a sus detractores. Hernán prefirió el autoexilio voluntario y vivió alejado de todo. Él y sus libros en una sola luminosa argamasa. Junto a Pía, su compañera ejemplar, y a sus hijos: brillantes cómplices de sus colosales proyectos.
Reciedumbre civil y humana la de Hernán. Como el viejo Montaigne, decía su verdad y le bastaba.
La amistad es disposición y sensibilidad para congregarnos con otros, pero también es censura cuando es sentida como dependencia. Jamás hubo dependencia alguna entre nosotros. Solo abrazo franco, sin reservas, que no excluyeron respetuosos desacuerdos. Por esto, enaltecer su señera figura, en el tiempo nublado que vive Ecuador y en boga la cultura Mainstream a nivel planetario, reverdece la fe en la especie humana.