Lolo Echeverría Echeverría

Nuestra casa común

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El jueves pasado, la ciudad de Quito era diferente; miles de ciudadanos protestaban en contra del Gobierno. Todos los manifestantes lucían confiados, alegres, con aires de libertad. La Policía iba adelante abriendo paso, organizando el tráfico. Los conductores que esperaban el paso de la marcha hacían sonar las bocinas en señal de apoyo a la causa. No había, esta vez, escuadrones especializados custodiando la tribuna de la avenida De los Shyris ni contramarchas de partidarios del Gobierno; el derecho democrático a la resistencia estaba en pleno ejercicio.
A quienes vieron y vivieron esto, les resultarían indignantes los pronunciamientos de gobiernos y personajes que no son ejemplos de democracia. Cuba hablaba de grupos oligárquicos, apoyados en medios de comunicación, pretendiendo desacreditar al gobierno de Correa. Maduro decía que hay una campaña de magnicidio, de odio, intolerancia y violencia en Ecuador. Y Ernesto Samper calificaba de intentos antidemocráticos.

El Gobierno sostiene argumentos parecidos. Los manifestantes son “pelucones”, “tirapiedras” y “grupúsculos”. Creen que buscan muertos. Aquí también se dice que la prensa es la que provoca todo y creerán, con Maduro, que se trata de un intento de magnicidio. El Ministro de Defensa ve una conspiración en marcha con “hordas de venezolanos”, traídos y pagados por no se sabe quién.

Mientras discutíamos sobre los impuestos al incremento de valor de nuestras casas y las herencias, el papa Francisco firmaba la encíclica “Laudato si” que habla del “cuidado de nuestra casa común”, el planeta. Francisco recuerda que la tradición cristiana nunca consideró absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada; que la degradación ambiental no está separada de la degradación humana y social; que “el gemido de la hermana tierra se une al gemido de los abandonados del mundo”; que “conviene evitar una concepción mágica del mercado, que tiende a pensar que los problemas se resuelven solo con el crecimiento de los beneficios de las empresas o de los individuos.

Estas frases y otras, leerán con fruición los partidarios de la revolución ciudadana; otras líneas agradarán, en cambio, a los empresarios: “para que siga siendo posible dar empleo, es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial… que es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos”.

A unos y otros les dice al final de su Encíclica: “Mientras unos se desesperan solo por el rédito económico y otros se obsesionan solo por conservar o acrecentar el poder, lo que tenemos son guerras o acuerdos espurios donde lo que menos interesa a las dos partes es preservar el ambiente y cuidar a los más débiles”. Habrá debate.


lecheverria@elcomercio.org