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Algo debe andar mal en el país para que el candidato de un gobierno que ha terminado en una crisis total y envuelto en escándalos de corrupción, sea el que lidera las encuestas. Algo debe andar mal para que un gobierno que ha dilapidado miles de millones, que ha acumulado la deuda más alta de la historia y cree que se recupera la economía reduciendo las importaciones y el consumo, siga siendo popular. Si no se logra descubrir la trampa, corremos el riesgo de seguir el camino de Venezuela enfrentando el Estado con la empresa privada, controlando la información, castrando a los organismos democráticos, multiplicando la corrupción.

Lo primero que debíamos entender es el populismo y su funcionamiento. No han tenido éxito ni los adversarios del populismo ni sus imitadores. Curar esta enfermedad de la democracia exige consistencia y perseverancia, no parece que una corta campaña electoral pueda doblegarle. Primero hay que entender por qué el pueblo elige a los populistas, las causas económicas, sociales y culturales de este fenómeno.

Los filósofos, sociólogos, sicólogos apuntan a sus características esenciales: enfrentar al pueblo con las élites, arrogarse la representación del pueblo y atribuirse la facultad de decidir quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Lo demás es cuestión de estilo: discurso de provocación, protesta y polarización; lenguaje corrosivo que nace del rencor, de las emociones y no de las razones.

¿Tenemos algún candidato populista? No. Lo que tenemos es un gobierno populista, un candidato continuista y varios candidatos reformistas. En algunas características coinciden todos, como hacer promesas imposibles. Qué importa si la oferta es el asistencialismo desde la cuna hasta la tumba o la creación de millones de empleos, la reducción de impuestos, echar al tacho de basura leyes, organismos o normas constitucionales; todo eso es imposible.

Tampoco ganaría nadie anunciando ajustes y reformas dolorosas.

El populismo tiene una gran capacidad de flotación, pero tiene dos barreras insuperables que no han sido utilizadas en la campaña. Una barrera es la realidad, contra ella se estrella; sin embargo, ningún candidato ha sido capaz de mostrar la realidad de la crisis. La otra es una enfermedad del populismo, la inevitable transformación de los caudillos y sus seguidores en élites.

Nuevamente, ningún candidato ha sido capaz mostrar que los populistas son ahora la élite voraz enriquecida con la corrupción y que desea seguir en el poder para defender sus privilegios.

El candidato del populismo intenta una tarea imposible: ser igual y al mismo tiempo diferente del gobierno al que quiere darle continuidad; los candidatos de oposición, con su campaña liviana y bonachona, se empeñan en facilitarle la tarea.