Juan Cuvi

¿Diálogo entre vacas flacas?

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El solipsismo del Poder Ejecutivo ya muestra sus costuras. Sobre todo desde que las arcas fiscales empezaron a agotarse. Tomar decisiones a puerta cerrada, sin diálogos ni consensos, solo es posible cuando la abundancia de recursos permite aplacar la suspicacia y el malestar de los demás actores sociales. Gobernar en la bonanza es sencillo; en cambio, el descontento social se acentúa a medida que las vacas enflaquecen. Hoy el Gobierno enfrenta una doble adversidad: por un lado no tiene fondos para repartir, y, por otro, tiene que meterle la mano al bolsillo a sectores que hasta ahora no habían sido afectados. Y esto no le gusta a nadie.

Primero fue la decisión súbita e inconsulta de explotar el petróleo del Yasuní, con lo cual el Gobierno provocó el distanciamiento de una buena parte de la juventud. Luego vino la aprobación atropellada de los contenidos punitivos del Código Integral Penal, que perjudican a los profesionales de la salud; la displicencia con que respondió a sus pedidos generó la animadversión endémica de los gremios médicos. Ambos episodios le pasaron al Régimen una onerosa factura en las elecciones del 23-F.

El anteproyecto de Código Laboral acaba de estallarle en las manos. La multitudinaria marcha del 17-S demostró que la estrategia de indiferencia y sordera frente al movimiento obrero no solo que no ha funcionado, sino que provocó un efecto inverso. Al final, los más diversos movimientos sociales decidieron agruparse alrededor del FUT para resistir unidos las arremetidas del oficialismo. Y el Gobierno tuvo que reconocer dónde realmente está la representación popular.
Con el anteproyecto de Código de la Salud podría ocurrir algo parecido. Parece que la propuesta, elaborada y difundida por el propio Ministerio de Salud, no logra conseguir la venia de las alturas. Y como no es el producto de ningún acuerdo social, corre el riesgo de generar graves cortocircuitos al momento de su tramitación.

La suscripción del TLC con la Unión Europea resulta aún más complicada, porque ni siquiera ha sido acordada con los asambleístas del oficialismo. Esto se deduce por ciertos comentarios que se han filtrado al público. Es cierto que, con los antecedentes vividos en estos siete años, no se puede esperar mucho de estos reproches legislativos: si mañana el Presidente afirma que la arena es nutritiva, ya veremos a los asambleístas de Alianza País moliendo piedras con los dientes. Pero el hecho de que se esbocen algunas discrepancias significa que algo huele mal frente a la Tribuna de los Shyris.

El mayor problema radica en que, en todos estos años, el correísmo no ha aprendido a dialogar ni a buscar consensos. Hacerlo ahora sería como obligarle a alguien a cambiar de religión: toma tiempo, es duro y con frecuencia no es genuino.