José Gallardo Román

El 2 de Agosto: 1810 y 1941

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No podemos callar ante el lamentable hecho de que una fecha de tan hondo contenido cívico, como lo es el  2 de Agosto, fuera olvidada por quienes tienen el deber sagrado de mantener en la memoria colectiva de los acontecimientos que confieren raíz y sentido a la Nación Ecuatoriana. Me refiero al sacrificio glorioso del pueblo de Quito, el 2 de Agosto de 1810, en defensa de la libertad y dignidad de la Patria, y a la muerte heroica del subteniente Hugo Ortiz Garcés, en un paraje remoto de la Región Oriental, el 2 de agosto de 1941, en defensa de la integridad territorial del Ecuador.

El 2 de Agosto de 1810, un grupo de valerosos quiteños, al conocer que los realistas fraguaban el asesinato de los patriotas del 10 de agosto de 1809, que estaban detenidos, asaltó la prisión para liberarlos, pero fracasaron en su intento. La enfurecida tropa realista, tras masacrar a los indefensos prisioneros, se lanzó a saquear la ciudad y a asesinar a sus habitantes, pero el pueblo luchó con palos y piedras, causándole numerosas bajas, como consta en los partes militares correspondientes. La encarnizada lucha solo cesó cuando el obispo de la ciudad recorrió las ensangrentadas calles, portando un crucifijo. Este acontecimiento causó indignación en toda América y constituyó, como lo dijera el Libertador Bolívar, uno de los mayores motivos para la Guerra de la Independencia.

El 2 de agosto de 1941, el Subteniente Hugo Ortiz, al mando de ocho soldados que integraban un destacamento militar aislado en medio de la selva, a una distancia del escalón superior de días de marcha, se negó a rendirse ante una fuerza que excedía en más de diez a uno a los hombres que mandaba, muriendo en el cumplimiento del deber. Antes del combate, consciente de la desproporción de fuerzas, les recordó a sus ­soldados el sagrado deber de defender la Patria aún con el sacrificio de la vida y les ordenó que vistieran su uniforme menos raído, porque “un soldado ecuatoriano debía infundir respeto aún de muerto”. Asombrados ante su valor, los adversarios lo sepultaron con honores.

Acontecimientos como los que he mencionado deben permanecer frescos en la memoria de todos los ecuatorianos, como un ejemplo de fidelidad a la Patria y de abnegación y entereza al defenderla.

Bien está el orgullo que sentimos por nuestra cultura y arte, por los avances industriales y agropecuarios, por los logros de la educación, la salud y los deportes, por la obra pública, etc.; pero si olvidamos a nuestros héroes y mártires, nos estaríamos quedando sin alma. Esperamos que en alguna modesta escuelita, un venerable maestro o maestra, recuerde con sus alumnos la historia de la Patria.

Columnista invitado