José Ayala Lasso

Las veredas de Quito

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Las veredas o aceras son los espacios públicos construidos junto a calles y plazas, destinados exclusivamente para el paso seguro y cómodo de los peatones. Cumplen una función social cual es la de ofrecer al viandante protección contra los peligros del tránsito vehicular, cada vez más caótico e irresponsable y, además, contribuir al ornato de la ciudad. La autoridad municipal, encargada de asegurar el desarrollo armonioso de la urbe, tiene la obligación de aplicar reglas para que así ocurra y la ciudadanía debe prestar su cooperación con tal fin.

Sin embargo, quien recorre cualquier barrio de Quito tendrá buenas razones para pensar que estas elementales consideraciones nunca se han conocido y jamás han sido aplicadas. Cuatro amigos acaban de sufrir aparatosas caídas en las aceras de esta “ciudad para vivir”. ¡Cuántas decenas más pasaran cada día por similares desgracias!

Vaya usted por cualquier calle o avenida y encontrará la más caótica variedad de veredas, construidas con diseños caprichosos, materiales de todo tipo, a niveles diferentes, que le obligarán a subir o bajar, rampas de acceso aptas para resbalarse, con elevaciones o depresiones, bloques metálicos o de cemento para impedir que los vehículos ocupen las aceras. ¡Después de recorrer pocos metros sin haber tropezado con uno o varios de estos obstáculos y sin haber dado con su humanidad en tierra, podrá usted considerarse afortunado, respirará con alivio y emprenderá, temeroso, el recorrido de los siguientes metros con la esperanza de seguir en pié!

Si todos estos obstáculos presentan un difícil reto para la ágil juventud, piense usted en los peligros y riesgos que representan para niños y ancianos, niños sin experiencia para sortearlos y ancianos que ya no los ven con claridad para penosamente evitarlos.

Es reprochable la incuria municipal en la materia. Por lo menos, la construcción de edificios debería sujetarse a claras regulaciones municipales a fin de que el viandante pueda caminar con seguridad y tranquilidad por el espacio público que, teóricamente, le está reservado. Si aún no existiera, el Municipio debería expedir una norma que ponga orden, limpieza, armonía y homogeneidad, conceder un plazo para que las casas o edificios realicen los trabajos necesarios en sus respectivas aceras y, en última instancia, hacer dichas obras y cobrarles la cuota correspondiente. Iguales ideas de armonización y buen cuidado deberían aplicarse a la plantación de los árboles de calles y avenidas, a los que, con frecuencia, se les somete a podas dramáticas cuando han sobrevivido a las anteriores.

Y todo esto, sin mencionar el estado de abandono que prevalece en las veredas del casco colonial, uniformadas, más que por el uso del adoquín colorado, por la suciedad pegajosa que las cubre.