José Ayala Lasso

Culto a la personalidad

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En 1956, el dirigente soviético Kruschev formuló duras críticas contra Stalin y denunció como una de las características de su gobierno dictatorial lo que llamó “culto a la personalidad” consistente, en resumen, en esa especie de endiosamiento del líder, propiciado especialmente en sociedades políticas autoritarias, que convierte a una persona en fetiche o símbolo de una doctrina.

Por supuesto, una cosa es honrar el mérito y homenajear a los grandes actores de los procesos históricos -actitud legítima y justa- y otra muy distinta, transformarlos en seres excepcionales y llenar con sus nombres, más que las páginas de la historia, las calles de nuestras ciudades.

Basta recordar a Stalin, Hitler, Mussolini, Saddam Hussein, consagrados como irreemplazables por los mismos pueblos que, al conocer la libertad, echaron por tierra las estatuas y monumentos de los líderes a los que habían rendido obligada pleitesía, en horas de opresión.

El diario La Nación de la República Argentina acaba de publicar una justa crítica al culto a la personalidad aludiendo a varios personajes endiosados por la cambiante opinión popular. Dice que, en el caso del expresidente Néstor Kirchner, “más de 140 calles, avenidas, monumentos, plazas, barrios, escuelas, hospitales, puentes, gasoductos, torneos deportivos y hasta un aeródromo” han sido bautizados con su nombre y aplaude la presentación de un proyecto de ley para restringir tan antidemocrática costumbre y atribuir al Congreso la facultad de honrar a alguien confiriendo su nombre a un espacio público.

En este contexto, resulta inexplicable y censurable la decisión que estaría por tomar el Gobierno ecuatoriano de llamar con el nombre de Néstor Kirchner al edificio en el que funcionará la sede de la organización internacional Unasur. Con acierto, el editorial de La Nación recuerda que los bienes públicos son de todos y no de un partido o una persona en particular.

Si eso es verdad al interior de un Estado, lo es más cuando se trata de organizaciones de Estados, cada uno de ellos con orientaciones políticas propias, no siempre coincidentes. Una sede internacional no puede ser bautizada para honrar a una tendencia política o partidaria ni tampoco a una persona, menos aún cuando tal persona, en su propio país, no es unánimemente aceptada ni elogiada.

No hay sede de organización internacional a la que se le haya atribuido un nombre personal. Si el gobierno de Correa, contrariando más que las prácticas internacionales, el sentido común, quiere honrar a un amigo político afín a su ideología, hágalo, en última instancia, colocando un busto de Kirchner en los jardines de Unasur, pero no cometa el despropósito de dar el nombre de un discutido gobernante argentino a la sede de una organización internacional multilateral.