Jorge León

AP pierde y pierde

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AP rehúsa el cambio. Se empecina en su pasado y pierde posibilidades de ser un partido que aporta a la democracia y la participación. Hace notorias las manías de los que tienen algo que esconder en lugar de sembrar transparencia política que hace diez años prometió. Entonces, recurre a la manipulación, de ahí la importancia de los medios “públicos”, a la distracción con los asambleístas en los “territorios” o al doble discurso. Lo contrario de lo que un partido renovador debería ser. AP se encierra en la era de Correa.

Eso revela su rechazo a que Glas comparezca en serio a la Asamblea, no quiere que la oposición tenga palestra. Es decir, no le conviene el pluralismo. Cuando si algo le hace falta a AP es aprender a ganar espacio público en el debate honesto y de ideas, no de consignas de propaganda. Los partidos que aportan a la democracia e innovación política ganan legitimidad y esclarecen su identidad política precisamente con ideas y hechos que no le temen a la democracia ni a la real participación. En AP esta es una necesidad frente a la sociedad y casa adentro porque tiene un déficit innato de democracia, su verticalismo en las decisiones y acciones le hizo ejecutora de consignas hechas arriba y excepcionalmente tuvo derecho a patadas de ahogado. Esto en el círculo legislativo, los militantes de abajo no fueron parte del debate. Así, no aprovechar la coyuntura para modernizarse es un desperdicio que reforzará el simple cinismo y a quienes ven la política como defensa de sus intereses más que del bien público.

En la sociedad activa, el ritmo es otro. Por eso AP será pronto más objeto de crítica y rechazo de lo que ya es. En efecto, Moreno suscita esperanzas inconmensurables. Pero los hechos no dicen aún gran cosa sobre sus políticas en temas claves. Son más bien las proyecciones de los ciudadanos que se atribuyen a Moreno. Unos anuncian que prepara un ajuste para compensar el marasmo económico, o que rompe los hilos del autoritarismo, otros esperan que sus desmesuradas promesas de campaña ya sean un hecho, todo con un bolsillo lleno de deudas. Existe una acumulación de esperanzas sin eco práctico.

Ecuador revive lo que aconteció al salir de la dictadura militar. Los que entonces creaban opinión y análisis social, pretendían que ya terminó el caudillismo y ya era un país moderno en el que imperaba el Estado de derecho. Era incomprensible que en 6 ó 7 años la sociedad haya cambiado tanto. Pero los argumentos llenos de las proyecciones de cada cual podían más y pintaban lo que no era.

Hay momentos en que las sociedades, para salir de sus desgracias, prefieren ver lo que quieren más que los hechos mismos. Pero la acumulación de pequeñas y grandes esperanzas al no lograr concreción alimentan precisamente lo contrario y a los gobiernos conservadores.