Jorge H. Zalles

¿Por qué no denunciamos?

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Los escándalos de presunta millonaria corrupción, acá en y en varios países de nuestra región, han concertado mucha atención y han causado enorme revuelo: muchísima gente los comenta, circulan noticias y detalles en las redes sociales, se dan intentos por aprovechar los escándalos políticamente, y también por evitar que salpiquen a uno o a otro interés electoral.

Pero la corrupción no solo se daría en esos “grandes” niveles. Hace poco supe de dos casos: el de la persona en Bahía que recibió unos miles de dólares para la reconstrucción, pero que para recibirlos tuvo que firmar documentos por tres veces el valor; y el de un funcionario de Petroecuador que ha adquirido una buena extensión de tierra en la cual ha construido una espléndida casa y hecho un sembrío de teca que demandó cuantiosa inversión. También estuve conversando con un grupo de estudiantes que relatan cómo profesores califican caprichosamente, no brindan adecuada retroalimentación a sus estudiantes, y probablemente (nadie está dispuesto a afirmarlo categóricamente) acosan sexualmente a jóvenes alumnas mujeres. Todo esto me lleva a la pregunta: ¿Por qué no denunciamos?

Las víctimas no denuncian por entendibles miedos. La potencial beneficiaria de los fondos de reconstrucción podía no recibirlos. Las estudiantes acosadas pueden perder el año. Pero ¿qué sucede con quiénes no somos victimas, al menos no directas, por potencial peligro? No denunciamos por varios motivos. El primero, entendible, es que no queremos poner a esas víctimas, reales o potenciales, en riesgo de sufrir represalias.

Pero hay otros motivos que debemos reexaminar si existe alguna posibilidad de eliminar la lacra de la corrupción de nuestras sociedades. Está la idea de que la corrupción es inevitable: No, no es inevitable; hay varias sociedades en el mundo en las cuales es inexistente o mínima. Está la idea de que si denunciamos, nadie hará nada de todos modos, y quedaremos como bichos raros: Sí, podemos quedar de bichos raros, pero tal vez motivemos a que alguien sí haga algo, especialmente si más y más de nosotros presionamos para que eso ocurra. Está la terriblemente arraigada idea de que le toca solo al estado o al gobierno resolver los problemas de la sociedad: No, no le toca resolverlos todos; nos toca a nosotros mismos resolver muchos de ellos. Y está la también nefasta idea de que la corrupción “es parte de nuestra cultura”: Sí, está muy difundida en nuestra realidad cultural, pero No, no es parte inherente, esencial e incambiable de esa realidad.

Pocas obligaciones morales son más claras que la de trabajar para proteger la dignidad de jóvenes que tienen miedo de denunciar a un acosador, o la de personas que necesitan reconstruir sus casas luego de un terremoto, y terminan sometiéndose a sanguijuelas a las que todos solapamos.