Grace Jaramillo

Crisis colombo-venezolana

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El borde colombo-venezolano, entre Norte de Santander y Táchira, siempre ha sido caliente. Un lugar donde los más pobres de los pobres sobrevivían vendiendo productos que -de uno u otro lado- resultaban más baratos, ya sea por un subsidio, por el tipo de cambio, o simplemente porque no se encontraba en uno u en otro país. Desde los años 80, sin embargo, mucha de esa gente también huía de la violencia guerrillera y paramilitar de Colombia y de las posibilidades que ofrecía escapar de un lado a otro del límite fronterizo, de acuerdo a la necesidad del momento.

Con el tiempo, familias enteras se fueron uniendo. En su mayoría, estos grupos siempre fueron víctimas de la violencia, la pobreza, la exclusión. Es un problema estructural que Colombia no ha podido solucionar. Pero los violentos no están precisamente asentados frente al río, a vista de todos. Y no compran enseres o construyen casitas vulnerables. Por eso, la deportación forzosa de 1 088 personas, entre ellos 244 menores de edad, por parte de Venezuela es tan deplorable. El desplazamiento forzoso es una de las peores ofensas a los más pobres, esta vez por su condición migratoria. No conforme con eso, los vejaron, destruyeron sus casas y les despojaron de sus modestas pertenencias en el proceso.

Pero ya todo se puede esperar de un régimen, que ha rebasado cualquier límite de respeto a derechos fundamentales de las personas, con tal de desviar la atención de su crisis interna.
Nicolás Maduro calculó bien su victoria, porque sabía que Juan Manuel Santos tendría que pensarlo mil veces antes de arremeter contra él. Están de por medio muchas cosas, la más importante de ellas, el proceso de paz que se está llevando en La Habana y sobre el cual, Venezuela es uno de los garantes. Se creía ganador, porque pensó que podrían confundir el despojo de familias humildes con el drama de la violencia paramilitar. Pero las imágenes hablan por sí solas y, en el lado ecuatoriano, sabemos bien cómo la violencia paramilitar y guerrillera terminaba confundiendo en el mismo fango a miles de familias pobres que huían de ella. Lo único que le queda es avergonzarlo en la Unasur y la OEA.

¿La integración es solo para los gobiernos o también para la gente? Por ahora, Celac es un club de amigos que defiende “su democracia”, como el comunicado sobre Guatemala puede atestiguar. Y Unasur está maniatada porque los de la Alba siempre la pensaron como herramienta política para respaldar sus entuertos, no por amor a la Patria Grande. Es más, Maduro se siente amparado por el silencio cómplice de los socios más grandes -como Brasil y Argentina-, únicos capaces de mover el juego. Por cierto, el Ecuador ni un solo comunicado al respecto. Nada. Parece que el problema no existe en sus agendas de política exterior, si es que todavía las tienen. Tal vez así sea mejor. A estas alturas no es impensable que digan que Maduro actuó en defensa propia…