Gonzalo Ruiz

Hace un mes, largo, doloroso

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La noche del 26 de marzo tenía deparada, para un puñado de ecuatorianos, una de las noticias más duras y difíciles que se pueda esperar.

En un oficio de quienes están acostumbrados a contar historias, la propia nunca parece que llegará. Menos, que ocupará una primera plana ni tendrá los nombres y apellidos de quienes con pasión, creatividad y sentido responsable del cumplimiento de su trabajo para contar al país sobre las historias que el periodismo serio relata.
Aquella noche los familiares del equipo de EL COMERCIO fueron llegando en pequeños grupos hasta las frías instalaciones del Ecu 911 en Quito -allá en el Itchimbía, que mira al Centro Histórico precipitado pendiente abajo-, con el rostro lleno de incertidumbre y preocupación.

En distintas salas estaban altas autoridades del país: dos ministros de Estado, otros dignatarios con llegada directa al Presidente, varios de los más altos oficiales militares - no todos - , altos cargos policiales y de investigación de la especialidad: el secuestro. Era la figura que se manejaba y que, minutos más tarde fue comunicada de modo oficial a los familiares que aguardaban noticias, y sobre todo certezas, en la larga y gélida sala de situación, con vista a la nube de pantallas de vigilancia de varias ciudades de la capital y el país. Noche larga.

Una vez formado el comité de crisis vino la información oficial y un pedido: que no se divulgue la identidad de los secuestrados, se trataba, explicaban los expertos, de precautelar a las familias, y su intimidad.

Días más tarde los mismos familiares, haciendo uso de su voluntad y derecho optaron por ponerle rostro a Paúl, Javier y Efraín. Entonces sus compañeros de coberturas de otros medios, que con alta responsabilidad y respeto cubrieron los hechos fueron llenando las pantallas, las páginas de los diarios con sus fotos, sus sonrisas, sus recuerdos y con campañas tan sinceras y emotivas que solo denotan solidaridad, altos sentimientos y el buen criterio que siempre expresó esa prensa con sentido de país que fue vilipendiada por la larga noche de la revolución, por sus siniestras voces, sus corifeos y truculentos trolls. Aquellos que se atrevieron a inventar un supuesto autosecuestro y se burlaron una vez más, que son aquellos que ni siquiera tuvieron cara para alzar a ver cuando el símbolo más brutal de la falta de libertad: las cadenas atadas al cuello de nuestros compañeros agotados por la tensión y el cautiverio, se expandían en fotos tenebrosas por el país.

Luego llegó lo peor. Así como las bombas terroristas habían destruido instalaciones policiales y causado la muerte de valiosos infantes de Marina, de quienes las historias de las familias lastimadas llegaron a la gente por la prensa responsable, durante tres días la sombra de la muerte se iba apoderando, se nublaba la esperanza. No sirvió aferrarse. Vino el dolor, la oración, la vigilia que sus compañeros, que continúan solidarios cada noche y las marchas en todo el país que obligan a no olvidarlos jamás haciendo, en su memoria, buen periodismo.