Gonzalo Ruiz

¡Vivan los muertos!

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En una mañana fría de Pamplona, en 1996 (donde casi todas las mañanas, las tardes y las noches eran frías) escuché un programa radial.
Se trataba de las tertulias de Radio Nacional con la inteligente, ocurrida e ilustrada participación como tertuliano de Luis Carandell. Él, un curtido periodista de oficio que incursionó con versatilidad en radio, prensa y televisión, había paseado por el mundo como corresponsal en Israel, Japón, Egipto o la Unión Soviética, entre otros destinos, y escribió en diarios de la fama de El País, hasta el día de su muerte, y varios diarios catalanes. (A propósito, me gustaría saber como Carandell escribiría el epitafio político de algún dirigente de su tierra, Barcelona, tras la declaración de independencia, su destitución y su viaje a Bélgica, que acoge a más de un insepulto.

Carandell, aquella mañana de radio, había elegido para el programa el tema de los epitafios. De entrada movió la curiosidad, seguramente, de millones de oyentes por algo que, por cotidiano, se olvida o se intenta rehuir. Muchos creen que la muerte es algo ajeno a la vida. No lo es. Por el contrario, es lo único seguro en la vida, aunque dirán que es el final o, quizá, el principio.

Por el programa desfilaron en la voz ya cavernosa aunque cálida de Carandell, los epitafios más curiosos. Como aquel citado hoy por Caperucita de Feroz en la página vecina de Justicia Infinita: ‘Aquí yace y hace bien...’; el atribuido a Groucho Marx: ‘ perdonen que no me levante’; o aquel: ‘ Nunca creyó que había muerto’, recopilado en el libro de Carandell ‘Tus amigos no te olvidan’ alusivo al tema que nos ocupa por difuntos. Y hasta un anuncio de prensa ahorrativo: ‘Murió Rosa. Vendo Opel’.

La muerte, el culto a los muertos supone en las distintas civilizaciones, matices diversos, muchos curiosos y contradictorios.

Sorprende que las verdaderas ciudades funerarias de muchos cementerios occidentales estén plagadas de monumentos que son verdaderas obras de arte, culto a quien en vida fue..., o afán de perpetuar la imagen o el legado de las personas que ya no están. Como decían en Nicaragua de Carlos Fonseca, fundador del Frente Sandinista, era de los muertos que nunca mueren. O de los inmortales que perviven en las partituras como, Bach, Beethoven, Mozart o Brahams. O de Carlos Gardel, que, dicen, cada día canta mejor. Por eso en La Chacarita o La Recoleta, en Buenos Aires el paseo por las callejas de las metrópolis funerarias no deja de ser una escalofriante experiencia de las vidas que alguien quiere asir sin conseguirlo. En San Diego está la tumba de José María Velasco Ibarra. En El Escorial, el pudridero y los restos de los reyes de España. En San Fernando , Sevilla el imponente monumento funerario de Joselito, o el sobrio, de Juan Belmonte. Como Carandell relata, Valle Inclán lo tenía claro: ¿Qué quieres ser de grande, le preguntaban? Y respondía: ‘difunto’. De todos los epitafios, el más conciso, objetivo, categórico, el de un romano que cita el autor: ‘Fue’. Ellos viven hasta que nuestro recuerdo muera.