Gonzalo Ruiz

Lenin, Glas y el último guerrero

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Mientras el país asiste todavía perplejo a la comprensión del problema económico, la ruptura en la cúpula del poder, enceguece.

Era algo cantado que tarde o temprano sucedería y que tiene su más reciente episodio, luego de una semana de tensiones, manos agitadas y corazones ardientes, en el retiro absoluto de las tareas vicepresidenciales que Lenin Moreno entregó, en un exceso de confianza y con alto nivel de responsabilidad , a Jorge Glas.

Las cosas se precipitaron. Hace poco el Consejo Administrativo de la Legislatura, CAL, bloqueaba ( con los votos de CREO y PSC en pro de viabilizar la interpelación) el envío de la consulta a la Corte Constitucional sobre si procede o no el juicio político al Vicepresidente.

Hoy las presunciones de cosas oscuras, la aparición de grabaciones que podrían merecer investigaciones más profundas por sus delicados contenidos entre el delator de Odebrecht y el ex contralor; el informe de Contraloría que lleva al Fiscal a iniciar una indagación sobre la entrega de un bloque petrolero donde la entidad controladora halla indicios de responsabilidad penal, cambiaron el panorama de sopetón.

En medio de la calle quedó, en ascuas, buena parte de la alta dirigencia de Alianza País, más convencida del fidelidad ciega al ‘proyecto’, de una lealtad personal con tufo a sumisión y de una pasión que desconoce que los discursos sin ideas son vacíos y la mera proclamación de ideas sin ética pública para sostenerlas es burla demagógica.

La crisis política muestra en estado de shock a aquellos que no saben cómo procesar el desacuerdo, que en el fondo, es profundo por válido, frente a las evidencias que afloran y cada día son más demoledoras. La foto más clara de este momento de desconcierto es aquella de los asambleístas. Unos, probablemente ya se sentían más leninistas que glasistas. Otros, todavía tienen fidelidad al liderazgo caudillista que no admitía fisuras internas ni reflexiones que hayan puesto la discrepancia en el centro del debate. Una militancia sin debate ni diálogo interno ni reconocimiento de la existencia del distinto y del diverso en el conjunto de la sociedad es lo más parecido al poder vertical de cualquier ensayo totalitario que, por excluyente, es contrario a la cultura democrática.

Así, cultivados en la obediencia de la militancia, en la rígida repetición de lemas y consignas anacrónicas de un grupo que nunca quiso ver que el Muro de Berlín había caído y que la Perestroika era un hecho y la Glasnost un imperativo de los tiempos, jamás admitirán que el Ecuador vive un nuevo momento, hastiado el poder imperante, concentrado y que para valorar los logros del proyecto y refrescar los contenidos hacía falta generosidad y apertura.

Muchos buscarán acomodo y temporal cobijo de modo pragmático, otros plegarán a nueva sigla sin sánduche y solo sostenida por el último guerrero digital que tronará, más que trinará, desde lejos, sin parar ni pensar, acaso, hasta el fin de los tiempos.