Gonzalo Maldonado

Democracia, a pesar de todo

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Un número creciente de personas se ha mostrado escéptico de las ventajas de la democracia ecuatoriana. Aquellas voces han dicho que el régimen democrático es engañoso, porque si bien concede al ciudadano la oportunidad de elegir a sus gobernantes, una vez finalizadas las elecciones, aquellos votantes son excluidos irremediablemente del poder y quedan, por tanto, incapaces de defender sus intereses y atender sus necesidades.

Está claro que la democracia que tenemos dista mucho de ser la mejor. Pero quienes la critican no se dan cuenta de que este régimen imperfecto ha permitido avances importantísimos en materia de libertades civiles y políticas. A pesar de los esfuerzos por reprimirla, la sociedad civil ecuatoriana se ha fortalecido notablemente. Prueba de ello es el rol preponderante que han ganado, por ejemplo, los indígenas y los jubilados, minorías que hasta no hace mucho tiempo carecían de voz y de voto.

Las mujeres ecuatorianas –un segmento de la población que ha sido sistemáticamente discriminado– son otro ejemplo de los beneficios que ha traído la democracia ecuatoriana, pues ellas ocupan ahora importantes posiciones públicas y privadas, gracias, entre otras cosas, a que han sabido estar entre los mejores alumnos universitarios del Ecuador.

La comunidad gay del país es otro importante grupo social que ha ganado legitimidad en la timorata sociedad ecuatoriana. Hasta hace poco, hablar de homosexualidad en un foro público hubiese sido impensable. Ahora, gracias a la democracia, existen los espacios necesarios para que estas personas se expresen y convivan en paz relativa con sus conciudadanos.

La libertad de culto es otro de los activos que la sociedad ecuatoriana ha podido acumular durante estos años. Actualmente, un habitante de este país puede practicar cualquier religión que se le antoje –o no tener un credo religioso– sin que por ello sea perseguido o discriminado.

El ejercicio de todas estas libertades ha producido una sociedad más compleja y heterogénea, donde es más difícil arribar a consensos estables y de largo plazo. De ahí tal vez que nuestra historia reciente haya estado tan atravesada de sobresaltos políticos y conmociones sociales.

Con su discurso antidemocrático, los críticos de este régimen de libertades pueden alimentar la creencia –absolutamente errónea– de que la diversidad es nociva para el país y que los consensos y, por ende, la estabilidad política y social, solo se pueden obtener acallando las diferencias de ser y de opinión de los miembros de la sociedad.

Los críticos criollos de la democracia ecuatoriana pueden llegar a parecerse a estas figuras intolerantes a quienes la historia ha juzgado ya tantas veces.