Francisco Carrión Mena

¿La OEA sin Venezuela?

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Esta es la historia de crasos errores, tanto de fondo cuanto de forma, fruto de apasionamientos de los cuales las partes involucradas, Venezuela y la OEA, son responsables.

Venezuela, uno de los países más importantes del continente, ha tomado la apresurada, y equivocada decisión de retirarse de la OEA aduciendo injerencia en sus asuntos internos al convocar a una reunión de Cancilleres para tratar su situación en materia de democracia, derechos humanos y crisis humanitaria. El argumento de Caracas es deleznable. Una reunión como la solicitada por 19 países está prevista en la Carta por lo que no solamente debería estar presente sino utilizarla para defender su posición, cosa muy difícil, por cierto. Recuérdese que el propio Chávez en 2009 activó este mecanismo para expulsar a Honduras de la OEA por la ruptura democrática producida en ese país. ¿Se habló de injerencia de la Organización cuando se tomó esa decisión?

Venezuela no le conviene retirarse de la OEA sino, por el contrario, valerse de ella para salir de tan difícil situación a través de la mediación y el diálogo entre gobierno y oposición. Su escenario interno no se sostiene y su gobierno, que se encuentra acorralado, debe dejar abiertas puertas para salir de esa situación. Ha corrido sangre inocente, la violencia se expande y la comunidad internacional tiene que hacer algo. La OEA tiene los mecanismos para buscar soluciones siempre que haya voluntad política para hacerlo y tino de sus responsables.

De su lado, la OEA y en particular su Secretario General, han cometido de inicio graves errores. En mayo de 2016, el señor Almagro se dirigió públicamente, y por escrito, en una nota oficial, en términos ofensivos al Presidente Maduro a quien calificó de “traidor”. Que se sepa no hizo aproximaciones diplomáticas propositivas discretas o públicas previas como era su papel. Su rol debió ser, anticipadamente, el de facilitador y promotor de diálogo, aunque no sea visible. No parecería que lo hizo, sino que, por el contrario, atizó la confrontación y con ello marginó a la OEA como la entidad llamada a zanjar el caso y a sí mismo como mediador. Ganó aplausos fáciles de un sector y cerró opciones de acercamiento con otro.

Marginada la OEA aparecieron otras alternativas como UNASUR y hasta El Vaticano para promover una negociación. Poco o nada lograron. Ahora se habla de la intervención de la CELAC, que si obtiene avances ganaría protagonismo y sería, de paso, una afrenta a la OEA.

La OEA sin Venezuela es la constatación del fracaso de la Organización y de su decadencia. No será la misma. Será una pesada carga a la gestión de Almagro que se recordará como aquella que no pudo impedir la salida de tan importante Estado miembro.