Francisco Carrión Mena

Los ‘guambras’ y Guayaquil

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Hay en Guayaquil un personaje que lleva un ilustre apellido inglés de relevante trascendencia en la independencia del Ecuador, cuya obsesión por el regionalismo le lleva a extremos inauditos. Este caballero, que es libre de pensar lo que le plazca a pesar del daño que hace a la unidad nacional, tiene una columna en uno de los mayores diarios nacionales desde la cual no hace sino destilar odio entre regiones. En su última, del 29 de octubre pasado, se refiere a los “guambras” que rodean al presidente Correa a quienes califica como la kriptonita verde que se supone neutraliza la política y la acción económica del Gobierno y les responsabiliza de la crisis y de las supuestas diferencias regionales.

Mi intención no es defender a estos “guambras”, como despectivamente los califica; no, ellos sabrán hacerlo. Lo que deseo es poner de relieve el perjuicio que estos conceptos le hacen al país, que ahora más que nunca necesita la unidad de todos los ecuatorianos y de ideas innovadoras y positivas.
Vale recordar a este señor que los últimos cinco presidentes que ha tenido nuestro país, en un lapso de 17 años, ninguno ha sido quiteño. Jamil Mahuad, Gustavo Noboa, Lucio Gutiérrez, Alfredo Palacio y Rafael Correa son, tres guayaquileños, un lojano y un amazónico. Todos ellos en mayor o menor medida son responsables de lo que hoy acontece.

Este singular caballero, que también fue “guambra” burócrata en Quito con Durán Ballén, no parece saber que las más altas autoridades del Gobierno actual, con cerca de una década en el poder, esto es Presidente y Vicepresidente, son guayaquileños, tampoco que los ministros, autoridades y asesores más influyentes, Alvarado(s), Patiño, Solines, Mera, Pareja y otros, son costeños y que son los que verdaderamente inciden en la toma las decisiones en los asuntos más sensibles. No son los “guambras” “Flacso-Senplades”, como los llama con desprecio, los que “neutralizan al Presidente”-como si esto fuera posible-; estos son tecnócratas operativos que cumplen órdenes y no tienen poder real. Es el Presidente el que decide hasta las más nimias medidas económicas y políticas y tiene representantes de su absoluta confianza, a la cabeza de las principales entidades del Gobierno.

Critica algunas decisiones del Gobierno, con las cuales hasta podría coincidir, desde una perspectiva regionalista según quien las adoptó lo cual refleja resentimiento y muy poca capacidad de análisis de lo sustantivo. Es muy pobre el debate que se fundamenta en el regionalismo y desdice de quien lo pregona.

Y como si su regionalismo malsano fuera poco, recuérdese que hasta con motivo de la visita del Papa al Ecuador sacó a relucir su amargura al cuestionar su programa porque tenía supuestamente un sesgo regionalista ya que ¡la mayoría de obispos eran serranos!

Seamos propositivos y no hagamos más daño al Ecuador.

fcarrion@elcomercio.org