Fernando Tinajero

Agustín Cueva: lucidez y pasión

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En los días finales de 1964, cuando Agustín y yo empezamos a planear la revista “Indoamérica”, ni él ni yo podíamos imaginar que al cabo de veintiocho años él habría de morir después de regresar de México para pasar en Quito los últimos días de su breve vida. Aunque nos conocimos en 1958, mientras los dos cursábamos los estudios de derecho en la Universidad Católica (antes de que yo abandonara los códigos para estudiar filosofía, antes también de que él fuera expulsado de la Universidad por su alineamiento con la izquierda), nuestra amistad comenzó después, a su regreso de París, y nunca fue alterada por sus ausencias ni las mías.

A causa de su temprano origen, la adhesión de Agustín al marxismo fue al comienzo de carácter emocional, como eran casi todas las que aparecieron en la primera mitad del siglo XX. No obstante, en un proceso que duró algunos años, Agustín fue transformando esa elección emocional en firmes convicciones que nacieron del estudio de los clásicos del marxismo, condimentada desde luego con el Sartre marxista de los años sesenta y el Mariátegui de los veinte, pero además con todas las experiencias cercanas y lejanas que no podían dejar de provocar ira y esperanza, para decirlo con las palabras de su título más célebre. Esa firmeza explica que Agustín no haya renunciado a sus ideas ni siquiera en los años finales de su vida, cuando los corifeos del neoliberalismo pusieron una pesada lápida sepulcral sobre la fosa donde habían arrojado las efigies de Marx, creyendo que de ese modo enterraban uno de los sistemas de pensamiento más importantes de los tiempos modernos, cuyas limitaciones y errores evidentes no disminuyen sus aportes al pensamiento social contemporáneo. Al contrario, esa adhesión fue una constante de su obra y de su vida, recordando la clasificación de los intelectuales que fue propuesta por Isaiah Berlin al amparo de un verso de Arquíloco (“muchas cosas sabe la zorra; el erizo sabe una sola pero grande”), cabe decir que Agustín Cueva fue un “erizo”: uno de esos escritores que “saben relacionar todo su trabajo con una única visión central que da significado a todo lo que son y todo lo que dicen”, y no una “zorra”, como aquellos otros que “persiguen muchos fines, a menudo inconexos y hasta contradictorios”.

En este sentido, pero solo en este, el caso de Cueva es semejante al de Bolívar Echeverría; pero el modo de asumir el mismo corpus de ideas no fue igual en ellos. Echeverría llevó a cabo una nueva lectura de la teoría que nace de “ese proyecto inacabado” que es la obra de Marx, y no vaciló en señalar sus limitaciones, entendiendo que el marxismo es un campo de trabajo más que un sistema acabado; Cueva, en cambio, hizo una lectura nueva de la praxis política y social en América Latina, manteniéndose dentro de lo que algunos consideran como “ortodoxia”. Hoy, a veinticinco años de la muerte de Agustín, él y Echeverría son referentes irremplazables en la búsqueda de vías para los tiempos actuales.