Farith Simon

Racismo e intolerancia

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En ocasiones nos revelamos como una sociedad racista, parece que debajo de una delgada capa de corrección política muchos ecuatorianos y ecuatorianas desprecian a las personas que tienen rasgos diferentes a los suyos, a quienes se les asigna -de manera automática- determinadas particularidades por compartir ciertas características étnicas o culturales.

Hace mucho tiempo, la ciencia demostró, sin que quede duda alguna por cierto, de que no existen “razas”, que el presupuesto biologicista que se encuentra detrás de la idea de que hay razas inferiores o superiores es incorrecto, que no hay un comportamiento individual determinado por caracteres heredados a partir de un origen racial diferente. El ser humano es uno solo, más allá de su apariencia física.

Pese a esta constatación, el racismo no ha desaparecido, asume nuevas formas, se expresa en la legitimación de las diferencias sociales, políticas, en la justificación –muchas veces inconsciente- de ciertas relaciones de subordinación o dominación a partir de características biológicas o culturales.

En estos días de movilizaciones se han multiplicado comentarios y afirmaciones basadas en estos prejuicios y estereotipos y, aunque resulte increíble, se puede leer en las redes sociales afirmaciones como “Cada día lo que están consiguiendo los indios es mayor repudio a estas tribus cuyo salvajismo no tiene límites”.

La reacción inmediata de muchos de ustedes será, como me sucedió inicialmente, asignar esta afirmación a un individuo enfermo por el odio y el resentimiento, que aprovecha del anonimato (instrumento legítimo para la difusión de las opiniones en el marco de una sociedad democrática), para descargar un profundo resentimiento político hacia quien no comparte sus ideas, sin embargo descubrirán -a su pesar- que hay muchos más que apoyan ese discurso y que lo difunden.
Encontrarán que de forma sutil, sin llegar a estos niveles de agresividad, hay quienes explican las recientes movilizaciones como resultado de la mala fe de unos pocos que manipulan a muchos, para obtener ciertos objetivos y que detrás de estas afirmaciones se oculta una suerte de neoracismo: la gran mayoría de indígenas que participó en las protestas es considerada seres manipulables, reduciendo así sus expresiones de descontento o de rechazo a un acto inconsciente de servicio a los de “siempre”, que hacen todo esto para recuperar sus privilegios y para lograr sus fines. De otra forma, ¿cómo entender que siendo pobres y excluidos no estén con el proyecto político que dice representarlos? Si estuvieran conscientes de lo que hacen, se darían cuenta de que no existen razones para protestar.

Un razonamiento peligroso, reduce las discrepancias políticas actuales a una relación entre manipuladores y manipulados, cerrando la puerta a rectificaciones, a cualquier forma de diálogo o encuentro. Los unos no saben lo que hacen y los otros solo defienden sus intereses particulares.

@farithsimon