Fabián Corral

Signo y poder de la palabra

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La palabra sirve para defender las libertades.Sirve para justificar a las tiranías, endiosar a los caudillos y censurar los excesos del poder. Sirve para escribir las leyes, trazar las historias mentirosas, o para decir la verdad. Es útil para escribir los derechos o para negarlos. La palabra escrita es la memoria, el recuerdo, el proyecto y la doctrina.

El poder de la palabra explica la frecuencia de los discursos y la reiteración de la propaganda. Es allí donde adquiere significado político, y entonces, se transforma en instrumento, en negación de las ideas, en afirmación de los eslóganes.

Las repúblicas son, en realidad, palabras. Las constituciones son palabras que viajan con el viento, y que, a veces, se afirman en el suelo de un país y germinan como instituciones. La historia del Ecuador es la crónica de los textos legales perdidos en el torbellino de los hechos, es la hojarasca de las reglas, es el bla, bla de todos contra todos.

Quizá la esencia de los problemas esté en la devaluación de la palabra, en la minusvalía de las reglas que son, en definitiva, palabras.

Quizá esté en la habilidad para hacerles decir a las leyes lo contrario de lo que el sentido común indica. Quizá el tema esté en que la verdad se ha transformado en el invitado de piedra en el gran banquete de la retórica y la fraseología, donde reina el coro de las justificaciones, los adulos y los miedos.

Signo de decadencia es la baratija de las palabras, la habilidad para responder lo que no se pregunta, y para suplantar la claridad y la sencillez del idioma con el complicado chaquiñán que confunde y esquiva.

Signo de decadencia es la complicidad con el que miente, con el que inventa, y es el temor a llamar a las cosas por sus nombres.
La herramienta y la víctima es la palabra, que es al mismo tiempo el escudo y la defensa, el recurso y el refugio para no abdicar del todo de la dignidad, para mantener, en el refugio de la casa de cada cual, la claridad de las ideas.

La palabra es arma de dos filos. Con ella se han escrito las lápidas de las tiranías, y al mismo tiempo, los elogios a los déspotas, los cuentos de repúblicas inexistentes o los folletines de salvaciones hipotéticas. Con ella se puede pensar la democracia y cultivar la rebeldía. Con ella, se puede convocar a la imaginación y darle sentido a la vida cotidiana. Se puede escribir. Pero, con ella también se puede golpear.

Paradójicamente, es el arma para demoler, la flecha que lleva la verdad y la memoria que desmiente. Es la fórmula para decir lo que queda. La palabra es lo que persiste y lo que renace.Hoy, 12 de octubre, propongo reivindicar el viejo castellano que vino en las carabelas, el que hace posible el habla que ejercemos. El que permite designar a las gentes y a las cosas.

fcorral@elcomercio.org