Fabián Corral

El discurso

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Si nos atenemos a sus términos, a su tono, y a la coyuntura en que se pronunció, el discurso del presidente de la República anuncia un distanciamiento de estilos; es una apuesta a la serenidad y una convocatoria importante al país, porque, al cabo de diez años, un gobernante admite la función constructiva que pueden tener en la política quienes no son parte del movimiento, y sugiere, de algún modo, que la tarea de gobernar no puede ser excluyente.

Me quedó la impresión de que el presidente entiende y asume que el país político no puede negar al país social, al país real, ni que el Estado puede ser adversario de la sociedad civil.

El discurso constituye un importante compromiso ético que el presidente asumió; entraña una propuesta de gobernar de otro modo, y plantea una actitud diferente.

Al menos en las palabras, es una apuesta a la tolerancia y a la capacidad de diálogo, temas en los que ha sido reiterativo el mandatario. desde cuando fue candidato.

Probablemente por contraste con los truenos y centellas de la tormenta anterior, el discurso llamó la atención, y alienta alguna esperanza de que la administración del Estado vaya por otros caminos.

Es de esperarse, pues, que la retórica revolucionaria deje de agobiarnos; que la sociedad civil rescate el protagonismo que perdió; que la prensa deje de ser asediada y que se comprenda que sin opinión pública independiente y honorable, no es posible la democracia; que la economía es tema delicado y que el Estado no puede ser su exclusivo gestor; que la inversión privada en la única alternativa y que necesita certeza; que la seguridad jurídica es el elemento inspirador de cualquier sociedad abierta; que la propaganda debe tener límites. En fin, que hay otro modo de vivir.

En efecto, con su discurso, el presidente quedó comprometido más allá de la política, y eso es importante en un medio alienado por la política y abrumado por la propaganda.

Es un reto moral el que se impuso y que adquirió con sus electores y con “los otros”. Le corresponde ahora al mandatario dotar de contenidos a sus palabras, cumplir y convertir en testimonio cotidiano aquello de la economía entendida de otro modo, y que en breves líneas dibujó; le corresponde hacer posible que la sociedad sea la electora de su destino; que la libertad integral del individuo sea la condición necesaria para vivir con dignidad; que la serenidad sea un estilo constante; que el Ecuador vaya del Estado estruendoso al Estado discreto y eficiente; y que los dirigentes asuman la realidad
más allá de la ideología.

Si prosperan esos testimonios, si las palabras encarnan en los hechos, entonces sí el cambio de mando habrá constituido un punto de inflexión, un golpe de timón que se hacía indispensable y urgente. Al presidente le corresponde obrar, marcar la ruta.