Enrique Echeverría

Vivir bajo miedo

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Un día tras otro nos enteramos de delitos, en ocasiones horripilantes, como los asesinatos de dos mujeres en Montañita; de una hija que asesina a su propia madre; de bandas organizadas para acabar con la salud de la gente joven induciéndola a consumir drogas; accidentes de tránsito que dejan muertos y heridos, así como vehículos que deben ser repuestos a costes elevados que demandan la salida de dólares por cantidades.

Tanto se repite que algunos ya no constituyen noticia. Verdadera noticia sería: “Ayer no hubo ningún accidente de tránsito, ni delito que lamentar en todo el territorio nacional”.

Ante semejante avalancha de sucesos, la gente siente miedo. A las mujeres se les está tornando peligroso salir en la noche pues el crimen de violación, aumenta. A quienes portan teléfono celular los despojan a la luz del día. Aquellos que retiran fuertes cantidades de dinero de los bancos, corren peligro de ser asaltados, o heridos y hasta muertos.

El miedo provoca inseguridad. En el campo cívico, hay miedo de presentar denuncias, pues el juicio penal aparece presto contra ellos; o, al menos, las ya conocidas acciones de la “Ley” de Comunicación.

En el ambiente político, el uso de un estilo beligerante alimenta el ánimo con la pasión de venganza. El opositor afronta riesgos sobre todo en su libertad personal, debido a la persecución vestida de “justicia y legalidad”.

Pese a todo, nuestra clase política parece un tanto ajena a esta realidad, cuanto que se dedica a la práctica de la Aritmética y sus cuatro operaciones: suman; cuando están numerosos alguien resta y se va a otra tienda; multiplican los candidatos y las aspiraciones de llegar al poder; y cuando ya hay bastantes adeptos, viene la división.

En ambiente de miedo, cabe tener en cuenta los efectos especialmente en la familia. La esposa del político activo estará siempre pendiente sobre algo adverso que puede suceder a su esposo.

Pensemos en los hijos creciendo en la atmósfera de temor porque a su padre lo agredan o le priven de la libertad y, en el extremo, que lo hieran o lo maten. Pero es el precio que deben pagar algunos o muchos que se dedican a la oposición y algunos con mando: el efecto destructor en su familia, viviendo bajo el miedo y los niños creciendo en ese ambiente psicológicamente destructor.

El avance de la campaña determinará mayor presencia de pasiones negativas, que podrían producir –como antaño- enfrentamientos físicos en manifestaciones en pro o contra de candidatos, con resultados trágicos.

Es hora de una dosis de calma y de prudencia. No vaya a suceder que mañana lamentemos situaciones como la actual, con ciudadanos agobiados de impuestos, carentes de trabajo digno y las ya insoportables multas que cobran por cualquier motivo …o peores todavía.