Enrique Echeverría

‘Pilas’

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En una peligrosa desviación de valores, se observa tendencia a la admiración de las personas inteligentes, y de las “inteligentes” capaces de obtener frutos inesperados de sus actos, aunque –en muchos casos- lesionen la economía de los demás y produzcan sufrimiento directo a los perjudicados.

Entre los inteligentes admiramos particularmente a los niños que muestran alguna habilidad que entendemos fuera de lo común y, rápidamente, se los califica de que son “pilas”, un equivalente de mayor inteligencia y destreza.

Conforme avanzan en edad, algunos de los que son hábiles para copiar los exámenes son tenidos como “inteligentes” y capaces de algo mucho más que el común de los otros.

Más tarde –y ya fuera de la niñez y la adolescencia- la destreza de algunos que empiezan a destacarse en la actividad comercial son calificados de “pilas”, pues tienen la habilidad para convencer fácilmente.

Más, avanzada la edad, algunos se destacan por su facilidad para convencer a los otros; y, pronto, se admira su capacidad de “liderazgo”.

Poco a poco, algunos ingresan al campo de las irregularidades. Cuando han obtenido provecho económico o ubicación con buen ingreso, son sujetos de admiración.

La perversión en el criterio ocurre cuando, en lugar de condenar ciertos actos evidentemente inmorales e ilegales, originan envidia. Fue patética la respuesta a un exfuncionario honrado quien, en grupo de amigos, lamentaba su actual situación económica. Uno de ellos, con énfasis le recriminó: ¿de qué te quejas; no trabajaste en la Aduana?

La admiración a ciertos delincuentes quienes se enriquecieron y se hicieron notorios en la sociedad de su época, se da por ejemplo en el caso del Cuentero de Muisne”, un individuo muy hábil para actos indebidos y que se jactaba de haber engañado a un turista extranjero a quien le había vendido una torre con reloj de la ciudad de Guayaquil.

En otra ocasión, pasando de diplomático, se divertía a costa de ingenuos admiradores y los estafaba tranquilamente. Aducía: “yo no pido nada; si me dan, recibo, ¿en qué está lo malo?”. Alrededor de su persona algunos contribuyeron con anécdotas ciertas o falsas de actos parecidos, calificando al cuentero como sumamente “pilas”.

Igual acontece con un amigo de lo ajeno conocido como el “Águila Quiteña”, a quien se le atribuía dones especiales para apropiarse de bienes de las personas con quienes se reunía; y, en el extremo, cuando fue llamado por el Intendente para que responda por sus fechorías, no habiendo prueba, al salir del despacho desde la puerta retornó para decir: señor Intendente, le entrego el reloj que lo tenía en el bolsillo del chaleco.

¿Inversión de los valores morales? ¿La corrupción, la picardía, el cinismo y el delito deben ser motivo de admiración y elogio, aduciendo que el individuo es o era “bien pilas”?