Enrique Ayala Mora

Restauración jesuítica

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Muchos han querido hacer desaparecer a la Compañía de Jesús. Hábiles ministros que buscaban eliminar su poder y hacerse de recursos económicos, liberales fanáticos que trataban de imponer el laicismo, librepensadores optimistas que querían desterrar el dogmatismo, anarquistas entusiastas que se empeñaban en derrumbar un puntal del Estado. Muchos lo intentaron. Pero ninguno lo logró.

Lo paradójico es que Antonio Ganganelli, un fraile franciscano pudo lograrlo. Suprimió la orden jesuita en 1773. Desde luego, Ganganelli tenía el poder para hacerlo, y que era el papa Clemente XIV. Y no lo hizo por su voluntad, sino presionado por los monarcas y gobiernos de las potencias católicas europeas, como España, Portugal y Francia. En realidad, dicen que al darle el voto en el cónclave, se le comprometió para que tomara la decisión.

Y lo más curioso es que ni el poder absoluto del pontífice romano, ni la obediencia directa que por su voto especial le debían los jesuitas, lograron suprimirlos del todo. Una mujer, una soberana rusa de fe ortodoxa, nacida protestante en Alemania, lo impidió. Catalina la Grande juzgó que los jesuitas eran necesarios para la modernización de su país y no dio el “pase”, o sea no promulgó, la decisión papal en territorio ruso. La orden no se conoció oficialmente allí y los jesuitas siguieron.
Después de la supresión, los exjesuitas secularizados, que obedientes se habían disuelto, fueron muriendo. Pero los que estaban en Rusia se multiplicaron. Desde inicios del siglo XIX comenzaron un reagrupamiento lento y discreto. En 1814, el papa reinante Pío VII restableció oficialmente la Compañía de Jesús, que volvió a funcionar como milicia organizada, dirigida desde su casa generalicia en Roma, a pocas cuadras del Vaticano.

El restablecimiento fue importante en la vida del catolicismo y de los países de población católica, como los latinoamericanos. En cuestión de décadas, los jesuitas estaban de nuevo dedicados a las misiones y colegios, articulando a los políticos de derecha, apuntalando la cultura tradicional, acumulando influencias y propiedades.

En el siglo XX, continuaron en esas tareas, pero algunos se embarcaron en la renovación de la Iglesia. Promovieron la doctrina social católica, la organización obrera, hasta la Teología de la Liberación. Porque si bien son una organización vertical y estructurada, dejan espacio para diversas posturas, a veces opuestas, dentro de sus filas. Jesuitas conservadores apoyaron las dictaduras brasileñas; jesuitas progresistas lucharon de lado de los pobres contra las dictaduras centroamericanas.

Ahora, aunque bastante disminuidos en número e influencia, los jesuitas celebran los dos siglos de su restauración con un Papa salido de sus filas, que eligió el nombre de Francisco, fundador de la orden de Ganganelli.