Enrique Ayala Mora

Sabio, patriota y peleón

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Era un hombre adusto, duro. Hablaba con voz fuerte y convicción. Desde joven se hizo notar por su estilo personal. Llegó a ser actor central de la vida del país. Cuando murió en Quito el 1 de diciembre de 1917, hace cien años, era el personaje más respetado del Ecuador.

Federico González Suárez nació en 1844. Era quiteño, hijo de un migrante colombiano y una devota quiteña. Tuvo una infancia de extrema pobreza, pero estudió con dedicación, a veces a la luz de los faroles públicos o las velas del vecindario. Adquirió una amplia cultura religiosa y humanista. Se ordenó sacerdote y ejerció en Cuenca y Quito. Cuando murió asesinado García Moreno, su oración fúnebre tuvo rasgos críticos. Cuando la dictadura de Veintemilla tomó medidas liberales, entró a fondo a la polémica defendiendo al catolicismo, pero asimiló el liberalismo católico de fines del siglo.

Leyó las pocas historias nacionales que había y le parecieron deficientes. Se propuso, por ello, escribir su “Historia General de la República del Ecuador”, que se convirtió en la obra más importante en su género, pero le valió una pelea con el extremismo por su exposición del mal comportamiento del clero colonial, en el famoso “Tomo IV”.

Se metió en política como “progresista”. Fue diputado y senador. Pese a sus conflictos, se lo designó obispo de Ibarra en 1895 y ejerció esa función en medio de duros enfrentamientos con el gobierno liberal y sobre todo con los conservadores, que lo consideraron enemigo, en especial por haber sostenido que no se puede sacrificar a la patria por la religión. Cuando se descubrieron los restos del mariscal Sucre, pronunció la oración fúnebre más notable de nuestra historia.

En 1906, el momento más duro de la Revolución Liberal, fue promovido a arzobispo de Quito y le tocó afrontar la separación del Estado y la Iglesia. Entendió que el laicismo era irreversible y dirigió la readaptación del catolicismo a la nueva realidad. Por ello fue combatido y llamado “liberal”. Fomentó la educación católica y la observancia religiosa, con resistencias del integrismo. Publicó sus obras históricas, pastorales y oratorias. Incursionó en la crítica literaria y la estética. Formó el grupo que luego sería la Academia Nacional de Historia. Cuando en 1910 hubo conflicto con Perú por cuestiones territoriales, apoyó al gobierno de Eloy Alfaro y contribuyó a levantar el patriotismo. Influyó en la cultura nacional como ningún otro de sus contemporáneos. Fue un gran escritor y orador, pero también un gran peleador. Defendió con pasión sus tesis y posturas, sin temer a la polémica, por violenta que hubiera sido.

El presidente Baquerizo Moreno dijo que la muerte del “sabio historiador y eminente ciudadano”, “priva a la República de uno de sus más preclaros hijos”. En este centenario, el país le debe un homenaje.