Diego Cevallos Rojas

Ocho años a cuestas

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A ocho años de gestión, el relato del Gobierno causa fatiga. Sometido al ácido del tiempo y los hechos, el discurso y la estética iniciales del correísmo -perfectas para cuando el país requería sacudirse de una etapa calamitosa- perdieron piso y hoy juegan en su contra.

Si los asesores de Gobierno se sacuden del miedo a incomodar al líder, el mejor consejo a darle sería redefinir su atosigante presencia, administrar el bombardeo de propaganda oficial infamante y buscar nuevos caminos para exhibir cierta coherencia entre el discurso oficial y los hechos.

Con el petróleo a la baja, sin ahorros y las deudas públicas al alza, el margen de acción gubernamental se estrecha. Los ciudadanos comenzarán a sentir los efectos de lo que fue la fiesta del gasto y estarán más propensos a ser críticos y a percibir las contradicciones del discurso oficial.

Declararse progresista cuando se entrega a conservadores el tema de los embarazos adolescentes, decirse ambientalista cuando el extractivismo es su norte, hablar de respeto a las organizaciones civiles cuando se las atosiga y persigue, reivindicarse de izquierda cuando se acorrala a la Conaie y se reprime a estudiantes, decirse demócrata cuando se es autoritario, hablar de humanismo cristiano cuando al adversario se reduce a enemigo, etcétera, son contradicciones que brillan con más y más fuerza.

El cansancio con el relato correísta comienza a verse en la encuestas. Ciertamente, sigue teniendo alto respaldo, pero el deterioro ya se percibe en algunos indicadores tales como el apoyo entre los jóvenes, el respaldo de las clases medias y bajas, las diferencias de opinión entre regiones y el progresivo aumento de rechazo al estilo presidencial.

Aún faltan dos años para las elecciones, pero el tema de la reelección está más que vigente, lo que es un síntoma más del desgaste oficialista.

Excolaboradores del Régimen advierten sobre el camino empedrado que atraviesa el correísmo y piden que actúe con mayor coherencia respecto a su presunto progresismo. Lo cierto es que el Gobierno y su líder han dado más muestras de conservadurismo que de lo contrario, pero sobre todo de un desprecio por la construcción de ciudadanía, el respeto a la opinión ajena y la creación de instituciones independientes.

Vienen tiempos movidos. El oficialismo podría insistir, en contra de su propia vigencia, en mantener su conocido y desgastado relato o dar un giro. Un asesor realista aconsejaría lo segundo, pero se ve complicado por los antecedentes del omnipresente líder. Quizás observemos al menos un cambio de maquillaje.

En ocho años se ha montado una democracia de baja intensidad al servicio de un proyecto autoritario. Cuánto más puede durar ese esquema es una incógnita, pero los ventarrones contra la economía y el desgaste del discurso oficial, abren paso a un cambio. Ojalá llegue una dosis de democracia real.